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jueves, 24 de febrero de 2011

Juan Rulfo y José Arreola eran cuatachos cuando chavos...


MÉXICO, D.F., 23 de febrero (Proceso).- 

La semana pasada nuestra colaboradora Raquel Tibol dedicó un artículo a la relación entre los escritores jaliscienses Juan José Arreola y Antonio Alatorre, para resaltar la generosidad del primero, no siempre reconocida; sin que constituya una segunda parte, esta entrega se refiere a otra entrañable relación amistosa de Arreola, ahora con Juan Rulfo.
“Rulfo me retuvo con su prosa hasta beberme todo su breve libro de bárbaros cuentos. La música ríspida, penetrante, cortante, profunda, de la prosa de Juan Rulfo me capturó al extremo de contagiarme de un ritmo que descubro alarmante.”
Salvador Novo (30 de enero de 1960)


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Gracias a la publicación por Orso Arreola de las memorias dictadas por su padre en los años finales de su vida (Editorial Diana, 1998), se pueden apreciar, debido a la sinceridad del relato, situaciones que hoy todavía importan a la cultura literaria de México. A mediados de los cuarenta del siglo XX llegaban a Guadalajara, de otras poblaciones de Jalisco, escritores que comenzaban a desarrollar sus vocaciones. Constituidos en capilla se reunían primero en la farmacia Rex y después en el café Nápoles. Juan José Arreola ejercía cierto liderazgo debido a ciertas experiencias extramuros: se había desempeñado como locutor y actor en la Ciudad de México.

El presidente Lázaro Cárdenas había fundado el Departamento Autónomo de Prensa y Publicidad, en cuya emisora el locutor estrella era Adolfo López Mateos. Otro locutor era Salvador Carrasco, creador del personaje El Monje Loco, quien convenció a Arreola, debido a su buena voz, que se ubicara en estaciones más profesionales. Primero entró a la XEJP y luego a la W. En 1940 el locutor más famoso de México era Marco Antonio Albuquerque y su programa más gustado La hora del tango, al que Juan Rulfo se aficionó al punto de sumarse a un grupo de fanáticos tangueros que hicieron un viaje a Buenos Aires para gozar de las raíces.

En 1943, establecido en Guadalajara, Rulfo comenzó a frecuentar a veces a los literatos de la farmacia Rex y del café Nápoles, aunque no se integró completamente. A Arreola le gustaba averiguar dónde habían nacido sus compañeros de tertulia. Fue así que se enteró de que Rulfo había nacido en Apulco y que fue registrado en Sayula. Un fiel asistente, Ricardo Serrano, le aconsejó a Rulfo que buscara a Arreola en el periódico El Occidental y le llevara algunos de sus cuentos, a ver si se los publicaba en la revista Pan. El resultado fue el inicio de una larga amistad. 

En 1944 Arreola se casa con Sara Sánchez Torres, originaria de Tamazula. Cuando su hija Claudia cumplió cinco meses Juan Rulfo la fotografió. Tanto le gustaron las fotos a Arreola que inmediatamente se las envió a su papá.

En 1945 Louis Jouvet, la gran personalidad del teatro francés, le envió a Arreola una carta, fechada el 3 de mayo, en la que le ofrecía su ayuda si se decidía a cumplir con su anhelo de viajar a Francia a estudiar teatro. Durante su ausencia fue Juan Rulfo quien lo sustituyó en las tareas de la revista Pan, en cuyo número 6 se había publicado su cuento Macario. La invitación se debía a que tanto Antonio Alatorre como Arreola eran decididos admiradores de Rulfo. Lo que por entonces más leía Juan Rulfo era un autor francés que había influido en él hasta el centro de su alma: Jean Giono. Desde el primer día Juan les dijo: “Esta es mi meta”. Luego identificó el relato de Giono Ese bello seno redondo es la colina con la colina redonda en el valle profundo de Zapotlán que da a lo que se llama el Bajo. Juan había nacido exactamente en las estribaciones del nevado de Colima, no teniendo más frontera que el cerro de la Media Luna que aparece en su obra. Pero en ese momento leía a Jean Giono el provenzal, el francés de origen mediterráneo, italiano, marsellés. Giono fue el escritor que más le importó a Juan antes de leer a William Faulkner. Otro autor francés donde está la fuente más segura de su inspiración es Marcel Aymé, especialmente su libro La yegua verde.

Cuando Arreola regresó de Europa, los problemas económicos lo impulsaron a él, a Rulfo y Alatorre a instalarse en la Ciudad de México. Para entonces la admiración de sus dos colegas era un hecho. El cuento que Rulfo le había entregado a Arreola en El Occidental fue Nos han dado la tierra. Pero entonces Arreola ya conocía La vida no es muy seria en sus cosas, que Efrén Hernández le había publicado en la revista América.

Rulfo trabajó un tiempo en la Secretaría de Gobernación, luego solicitó su cambio a Guadalajara, donde se desempeñó como jefe de migración. Su oficina estaba en la Suprema Corte de Justicia de Jalisco. Fue ahí donde escribió Nos han dado la tierra, cuando a miles de campesinos les repartieron tierras baldías donde –como dijo Arreola—“sólo podían escarbar un agujero para mal morir. Ahí quedó plasmado el tamaño del despojo a que fueron sometidos los indígenas de México”.

Cuando Alatorre leyó el cuento le dijo a Arreola que no creía que ese personaje tan curioso que había conocido unos meses antes fuera capaz de escribirlo. El comentario de Arreola no podía sino ser tajante: “Creo que a muchos de los intelectuales que servían al gobierno les gustaba exaltar la obra de Juan para llevar agua al sediento molino de la revolución, al que Juan criticó desde adentro en forma magistral”.

Por no oficiar en los altares de la cultura revolucionaria, a Juan Rulfo y a Arreola les negaron la entrada a El Colegio Nacional. “Los intelectuales pensionados por el Estado no soportaron nuestras actitudes críticas”.

Con precisión Arreola relató para sus memorias: “Nuestra amistad con Juan Rulfo fue muy intensa en los meses previos a mi viaje a París. El frecuentaba mi casa y pronto hizo amistad con mi esposa Sara, a la que años después le contó que en una cantina de Tamazula salvó la vida gracias a que les dijo a los fulanos que él era amigo de Juan Sánchez Torres, hermano de Sara. Fue el único amigo real que tuvo mi mujer en toda su vida. Nuestra amistad creció en las calles de Guadalajara, visitábamos las librerías de viejo y de nuevo, asistíamos con frecuencia al cine y alguna vez me invitó a su casa a escuchar música clásica; tenía una preciosa tornamesa RCA Víctor en su mueble de madera, y muchos discos de pasta, gruesos y relucientes. En ese tiempo Juan leía novelas de escritores norteamericanos, como John Dos Passos y William Faulkner, en particular su novela Mientras agonizo. Dejé de ver a Juan en 1945. Me lo volví a encontrar en 1947, cuando me llevó a mi casa de San Borja, en México, su cuento Anacleto Morones. En esa ocasión le dije: “Ya la hiciste”. Fue hasta que publiqué Varia invención y luego Confabulario, en el FCE, que nos volvimos a ver y a tratar, siendo ya director del FCE Arnaldo Orfila Reynal y subdirector Joaquín Díez-Canedo, a quien le conté acerca de los cuentos de Juan. Joaquín-Díez-Canedo y Alí Chumacero sabían que yo promoví la publicación de El llano en llamas y de Pedro Páramo.

“Muchos años después, en 1988, en París, en el Centro Pompidou, durante una mesa redonda sobre literatura mexicana, Juan se exaltó cuando uno de los presentadores se refirió a mí como el promotor de varias generaciones de escritores jóvenes; en esa ocasión Juan dijo ante el público: ‘¡Cómo que jóvenes, este hombre no nomás nos enseñó a escribir, primero nos enseñó a leer’. Efectivamente a Juan le recomendé algunas lecturas que fueron capitales para su desarrollo posterior en las letras y en la investigación literaria.

“A Rulfo hay que ubicarlo en el territorio superior del realismo mágico, más cerca de la poesía que de la realidad. Antonio Alatorre ha dicho que Pedro Páramo le parecía un hermoso poema. En una ocasión añadió: ‘Me parece glorioso, una maravilla’. Una vez tuve la idea que esa novela se imprimiera como una colección de poemas, con tipografía como versos sueltos. Ahí la discontinuidad del texto sería todavía mayor. Sería como relámpagos intuitivos. La idea es loca, pero siento a Pedro Páramo más como poema que como novela.

“A mediados de los cincuenta el Indio Fernández invitó a Juan Rulfo y le propuso que escribiera un guión a partir de una idea que tenía él para hacer una película con Rossana Podestá, que en un principio se iba a llamar Río arriba y finalmente se llamó La paloma herida. Juan le dijo al Indio que con mucho gusto participaba, pero que le sugería que yo también interviniera en el proyecto, lo que el Indio aceptó. A las dos semanas de trabajar en casa del Indio les presenté mi renuncia. Las razones fueron dos: mi desacuerdo con las ideas del Indio para esa película, y el hecho de que nos presionaba para beber las copas de tequila. Creo que Juan inicio en casa del Indio su carrera de bebedor profesional.

“La última vez que platiqué a fondo con Juan Rulfo fue dentro de un avión que volaba sobre la cordillera andina a 20 mil pies de altura. Regresábamos a México desde Buenos Aires, donde los dos asistimos a la Feria del libro. Hablamos durante diez horas. Juan me reveló en las alturas muchos aspectos de su alma que yo desconocía. Ya en tierra, un automóvil nos condujo hasta la casa de Juan. Cosa rara, subí por el elevador para acompañarlo hasta el interior de su casa. En ese amanecer saludé a su esposa Clara que lo estaba esperando. Me despedí de él y ya no lo volví a ver.”

Quizás aquellas revelaciones de su alma de Rulfo colmaron la confianza de una larga relación y despertaron el pudor del que debía guardar los secretos de los que era depositario.

Cuando Rulfo regresó a Guadalajara, vivía en un solar a las orillas de la ciudad. Al fondo del solar –recordaba Arreola– tenía una especie de nicho enorme, más grande que un nicho sepulcral. “No quiero pensar que ahora está en un nicho porque no me hago a la idea de eso. Yo sigo hablando con Juan como si estuviera vivo”. Ese diálogo inmaterial no debe ubicarse en el pasado. Amistades como ésa, con su profundo respeto mutuo, deben vivir en un prolongado presente. l
  

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