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HABLANDO DE POLÍTICA DEMAGOGA
Desde luego que la política no es mi tema favorito. Me cuesta trabajo adaptarme al razonamiento de los discursos demagógicos que en la mayoría de los casos no termino de escuchar. Siempre me pregunto cuando se inicia un discurso de estos, si la gente reunida alrededor del político realmente lo escucha o, si su mente ya no permanece en el cuerpo y se ha escapado a lugares mejores, como lo puede ser una playa famosa, donde se admiran sentados en la arena, sintiéndose refrescados por una bebida helada, y si es varón, acompañado por una concubina caliente, la que en medio de jadeos le frota la espalda; y si es mujer, se imagina reposando en la misma playa portando un traje de baño de marca fina, al tiempo que moja su garganta con una bebida fría y es levantada en brazos por un fortachón, como de dos metros de altura, estrujándola apasionadamente. Ambos soñadores se ven portando gordas chequeras en vehículos importados y manejados por un chofer que a cualquier mención de su patrón responde “lo que usted diga”. Mansiones, amores fantásticos y aviones ejecutivos se pasean por la cabeza de los que por fuerza se sientan enfrente de un templete a escuchar tantas babosadas. El discurso es lo menos escuchado. La voz de aquel o aquella, que pretende convencer a nadie de nada, se pasea por los espacios vacíos de las sillas y se pierde con la disminución de la fuerza sonora generada por el micrófono. Toda vocal y consonante parida en tantos mítines políticos demagógicos, tienen una efímera vida, y no dura más allá de lo que dura el sonido en llegar a ningún lado. Es casi seguro, que el tiempo de vida de los sueños de los soñadores presentes, sea más larga que las palabras huecas del discursante.
Héroes van y promesas de acabar con la pobreza vienen en interminables cadenas de frases huecas, lanzadas al abismo con el dudoso propósito de convencer a los que ya no escuchan. Así, mientras el político habla de las bondades de un programa que nunca será llevado a cavo, los presentes pasean su mente en Cancún, Acapulco, Iztapa y Las vegas. Y cuando el político demagogo ve que los presentes levantan la mano y lo corean, en realidad, los soñadores piensan que levantan la mano para brindar con un jaibol, una cuba o una cerveza en una soleada playa. El político sueña que a partir de su discurso, el poder eterno es par él, y voltea hacia abajo del podio, solazándose en los presentes a los que ve como una serie de manejables borregos. La silla grande es su tirada. El político demagogo ya no ensucia sus pies con la tierra. Ahora se sueña paseado por palacio organizando eventos fastuosos, donde todos le besan la mano y le dan las gracias ¿De qué le dan las gracias? Pues de que se ha dignado sacrificarse por el pueblo. ¡Ha bendito pueblo! Cuantas tarugadas se hacen y dicen en tu nombre.
Miles de litros de tinta y kilómetros de papel han sido gastados inútilmente. Si los árboles utilizados para generar el papel que finalmente termina en la basura, no hubieran sido cortados para tan volátil fin, el problema del cambio climático no se tuviera, tendríamos bosques y bosques por todos lados. El agua retenida por esos bosque llenaría los pozos y la presas, no tendríamos falta de agua. No habría la necesidad de recortar ni privatizar el agua, ya que sería un elemento abundante. Los bosques y bosques nos darían más oxigeno, y la capa de ozono no se vería disminuida. Los bosques generarían pastos y estos servirían de alimento para el ganado que a su vez sería alimento para los humanos. Se me antoja que habría más trabajo para el campesino, el ganadero, el carnicero y así la cadena de beneficios seguiría aumentándose la productividad del país.
Suena chusco, pero los discurso de los políticos demagogos son un peligro para la ecología mundial ¿Alguien duda, que por tan sólo ese echo, debieran ser prohibidos?
Por lo demás, a mi la política me aburre. Me da sueño escuchar discursos demagógicos…
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HABLANDO DE POLÍTICA DEMAGOGA
Desde luego que la política no es mi tema favorito. Me cuesta trabajo adaptarme al razonamiento de los discursos demagógicos que en la mayoría de los casos no termino de escuchar. Siempre me pregunto cuando se inicia un discurso de estos, si la gente reunida alrededor del político realmente lo escucha o, si su mente ya no permanece en el cuerpo y se ha escapado a lugares mejores, como lo puede ser una playa famosa, donde se admiran sentados en la arena, sintiéndose refrescados por una bebida helada, y si es varón, acompañado por una concubina caliente, la que en medio de jadeos le frota la espalda; y si es mujer, se imagina reposando en la misma playa portando un traje de baño de marca fina, al tiempo que moja su garganta con una bebida fría y es levantada en brazos por un fortachón, como de dos metros de altura, estrujándola apasionadamente. Ambos soñadores se ven portando gordas chequeras en vehículos importados y manejados por un chofer que a cualquier mención de su patrón responde “lo que usted diga”. Mansiones, amores fantásticos y aviones ejecutivos se pasean por la cabeza de los que por fuerza se sientan enfrente de un templete a escuchar tantas babosadas. El discurso es lo menos escuchado. La voz de aquel o aquella, que pretende convencer a nadie de nada, se pasea por los espacios vacíos de las sillas y se pierde con la disminución de la fuerza sonora generada por el micrófono. Toda vocal y consonante parida en tantos mítines políticos demagógicos, tienen una efímera vida, y no dura más allá de lo que dura el sonido en llegar a ningún lado. Es casi seguro, que el tiempo de vida de los sueños de los soñadores presentes, sea más larga que las palabras huecas del discursante.
Héroes van y promesas de acabar con la pobreza vienen en interminables cadenas de frases huecas, lanzadas al abismo con el dudoso propósito de convencer a los que ya no escuchan. Así, mientras el político habla de las bondades de un programa que nunca será llevado a cavo, los presentes pasean su mente en Cancún, Acapulco, Iztapa y Las vegas. Y cuando el político demagogo ve que los presentes levantan la mano y lo corean, en realidad, los soñadores piensan que levantan la mano para brindar con un jaibol, una cuba o una cerveza en una soleada playa. El político sueña que a partir de su discurso, el poder eterno es par él, y voltea hacia abajo del podio, solazándose en los presentes a los que ve como una serie de manejables borregos. La silla grande es su tirada. El político demagogo ya no ensucia sus pies con la tierra. Ahora se sueña paseado por palacio organizando eventos fastuosos, donde todos le besan la mano y le dan las gracias ¿De qué le dan las gracias? Pues de que se ha dignado sacrificarse por el pueblo. ¡Ha bendito pueblo! Cuantas tarugadas se hacen y dicen en tu nombre.
Miles de litros de tinta y kilómetros de papel han sido gastados inútilmente. Si los árboles utilizados para generar el papel que finalmente termina en la basura, no hubieran sido cortados para tan volátil fin, el problema del cambio climático no se tuviera, tendríamos bosques y bosques por todos lados. El agua retenida por esos bosque llenaría los pozos y la presas, no tendríamos falta de agua. No habría la necesidad de recortar ni privatizar el agua, ya que sería un elemento abundante. Los bosques y bosques nos darían más oxigeno, y la capa de ozono no se vería disminuida. Los bosques generarían pastos y estos servirían de alimento para el ganado que a su vez sería alimento para los humanos. Se me antoja que habría más trabajo para el campesino, el ganadero, el carnicero y así la cadena de beneficios seguiría aumentándose la productividad del país.
Suena chusco, pero los discurso de los políticos demagogos son un peligro para la ecología mundial ¿Alguien duda, que por tan sólo ese echo, debieran ser prohibidos?
Por lo demás, a mi la política me aburre. Me da sueño escuchar discursos demagógicos…
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