¡Ya estamos hasta la MADRE de tanta CENSURA...  Di No a la Censura...
Mostrando las entradas con la etiqueta José Cueli. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta José Cueli. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de noviembre de 2011

La vida es un deseo: tormento sin fin


El deseo, tormento sin fin
José Cueli

………….

Sigmund Freud recomendaba escuchar la voz de los narradores y poetas, ya que ellos podían decir, dada su condición, mucho más acerca de cuestiones fundamentales sobre la estructura profunda del ser humano. Este es el caso de Luis Cernuda, perteneciente a la generación poética del 27, quien merece un lugar aparte por derecho propio, debido a que su obra va más allá de los desarrollos poéticos de la época y rompe con los cánones.
Cernuda, autor universal, es a la vez un poeta de la marginalidad y es quizás allí, en los márgenes y desde estos mismos, de donde puede surgir la verdadera poesía. Y me refiero a su marginalidad no sólo por su condición homosexual y por su posterior exilio, sino por su propia esencia poética a través de la cual ahonda en el grito y en el desamparo originario que a todos nos habita. Será por ello que en su poema Como la piel, escribe: “… que en el fondo no hay fondo no hay nada, sino un grito, un grito, otro deseo”.
Cuando Cernuda titula Realidad y deseo a su obra poética, parece recordarnos que la vida se juega justamente allí. Cernuda, al escribir este fragmento de Scherzo para un elfo¿Acaso el amor pesa/ A tu cuerpo invisible, Y sus burlas oscuras/ Sobre el mundo recuerdan/ En ti anhelo eterno,/ A nosotros efímeros? Parece acercarse a la concepción freudiana del yo. El yo como creación, como ficción; el yo con su carga enigmática, cambiante, efímera, pero sabedor de su fragilidad y finitud, a la vez fortaleza y debilidad, espejo de doble faz en el que siempre se persigue ese deseo que en realidad es deseo de otro.
Asimismo, en Cernuda parece haber un desdoblamiento. Si bien en sus reflexiones ensayísticas y a veces incluso en algunos de sus poemas habla de la realidad y el deseo como haría el yo oficial, su poesía posterior deja traslucir un cierto saber aparentemente no sabido de ese deseo que nunca se satisface porque el objeto está perdido.
Lo que capta espléndidamente Juan Gil-Albert, ese otro poeta poco conocido, cuando se refiere a que Cernuda recibe las afluencias de sus mayores pero en su foco motor, su coincidencia filosófica, entendiendo por esto una característica vital de posición, más que de postura, ante la vida, está en otra parte, en Schopenhauer: el título que inmortalizó al pensador germano: El mundo como voluntad y como representación. ¿No nos recuerda nada? Cernuda pudo no haberlo leído, porque no se trataba de eso, sino de hallar las fuentes comunes, o simpáticas, que nos hacen situar a un artista en la rama conveniente de un árbol genealógico determinado. Gil-Albert enfoca, en la dirección desesperada, y terriblemente vital a la vez, del filósofo alemán, lector de los Vedas, el resplandeciente minarete, sombrío de nuestro poeta sevillano. En esa, como digo, terrible visión filosófica de Schopenhauer, se nos señala la vida como fuerza ciega, como una voluntad, un deseo, que se sacia de sí misma, que se devora a sí misma, porque fuera de ella misma no hay nada.
Como dice Daniel Halévy al comentar el mundo de Schopenhauer en la biografía de Nietzsche, la vida es un deseo, y el deseo un tormento sin fin. Que Luis Cernuda haya expresado esto mismo, a su manera, con insuperable maestría y dominio de la forma, añadiendo al conjunto un toque muy evidente de desgana, o como de desilusión, y que tal vez corresponde al indolente vestigio de su condición meridional, es todo lo claro que pueden ser cuestiones tan arduas. La realidad y el deseo fue un título concomitante con el anterior, sólo que depurado, neoplatónico, por decirlo así menos tajante.
Acabo el artículo y recibo la dolorosa noticia de la muerte de Agustín Palacios, pionero del sicoanálisis en México y amigo entrañable de toda la vida con quien ya no comenté estas notas.

………….
La Jornada
.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Sor Juana... Una monja sui generis...


Sor Juana inmortal
José Cueli
E
se rompecabezas al que le falta una pieza que guarda secretos que decía Octavio Paz es buscada por las autoridades del Claustro de Sor Juana (Carmen Beatriz López Portillo, Carlos Gutiérrez Vidal, Sandra Lorenzano y otros) en la reconstrucción de la celda de la monja, inaugurada la noche del sábado pasado para celebrar el 386 aniversario de su nacimiento.
A su vez Héctor Pérez Rincón publica en la revista Salud Mental, órgano oficial del Instituto Nacional de Psiquiatría, el trabajo De retratos, bellos y monjas en que busca la pieza que… los estudiosos y los enamorados de Sor Juana han experimentado siempre: el deseo hasta ahora insatisfecho, de poder contemplar cómo fue realmente el modelo que sirvió de inspiración a tantos encendidos poemas dedicados a la condesa Maria Luisa de Paredes, del que es paradigma el esdrújulo Lámina sirva el Cielo al retrato.
Dice Pérez Rincón: “Sin duda uno de los poemas eróticos más intensos de la lengua española. ¿Cómo serían en la realidad esa angélica forma, esasLámparas, tus dos ojos, Febeas que arrojan:/ pólvora que, a las almas que llega,/ Tórridas, abrazadas transforma? ¿Cómo ese Transito a los jardines de Venus, descripción casi salomónica de un cuello femenino¿ ¿Cómo ese Cúmulo de primores tu talle,/ dóricas esculturas asombra, etcétera, que se supone la describían? El deseo expresado por don Antonio Alatorre Ojalá algún día se localice, en México o en España, un retrato de María Luisa.
En Sor Juana Inés de la Cruz tienen un encanto singular los grandes horizontes femeninos, los pasajes amorosos sin límite, los versos escritos al coro vespertino del rezo pleno y la penitencia cotidiana en la mesa de su celda del convento. En todas esas extensiones de la mente la monja viajaba, entre imágenes, sin que nunca hallara un obstáculo, una línea, la huella de una sombra que le dijera: de aquí no pasarás a pesar de los muros del claustro, desplazamiento de las barreras del discurso femenino de la época.
Muchas veces he pensado la forma en que Sor Juana, la niña pueblerina, sobredotada, franqueó los puentes de la represión y abarcó el mundo de afuera desde su interior, con sus ojos de águila, alzando el vuelo sobre la azotea del claustro, contemplando no el haz de la tierra sino el tronco de su mujer postrada, desdoblándose en múltiples imágenes convertidas en suavísimas curvas, ásperas cumbres de su poesía, desvanecidas como si fuesen azuladas venas los cursos de sus asociaciones, apenas acusadas como dormido relieve de músculos en reposo, frente a las presiones energéticas de la alta clerecía, los rompimientos más severos a su seguridad y prestigio.
Leyendo los versos de la monja o Las trampas de la fe, de Octavio Paz, o los escritos de Margarita Peña, adivino, presiento el escalofrío de lo sublime que debe haber vivido la religiosa, al registrar esas contemplaciones de su imaginería, acompañadas de una musicalidad que atraía a su cuerpo todo el espíritu, porque un sonido musical llamaba a otro, y una letra a otra letra, en sus orgías sinfónicas a solas con los deseos; su ser, objeto del deseo masculino. Que abría un nuevo lenguaje femenino saltaba las barreras del claustro y dejaba a su monja postrada, rezando los réquiem.
He llegado a sospechar, en los versos de la monja, un descubrir de la belleza que se hallaba en lo oculto, de su mente imposible de luz, donde lo escondido aparecía como ráfaga de milagrería, en sonetos naturales llenos de detalles en los que coloreaba lo que se le negaba de vida en trozos de letras sonoras robadas por su mirada a las manchas inoportunas de lo reprimido, lo misterioso, lo difícil, lo imposible, la carencia, es decir, el más allá. Lo que sólo alcanzaba con el deseo. Lo que había en su mente detrás de la confusa línea de su cuerpo. Más allá de su senos, más allá de su sexualidad. En el sueño detrás de los párpados.

viernes, 21 de octubre de 2011

El hambre que viene... ¡Aguas!


Chile, frijol y tortilla
José Cueli
E
s la trinidad del chile, frijol y tortilla con sus mínimos proteicos, vitamínicos y minerales salvadora del país que camina ante la inminencia de la aparición de la hambruna en la sierra de Durango y amenaza avanzar en la República. Sicología de lo mexicano que es el chile: ancho, mulato, miracielo, pasilla o guajillo, cascabel, güero, piquín, de árbol. Todos pican, chipotle, morita o jalapeño, Algunos arden, el chile poblano en nogada, el chihuacle o el chilloztli. Y requieren de tequila, pulque o la pipa de los bomberos para apagar el fuego, lo mismo el chiluca, prieto, negro, manial, puja, catarino, manzano, habanero, buldeño, rayado, seco, meco o costeño. México es chile verde, sea jalapeño o serrano. En polvo: paprika picante o rojo; en salsa: borracha, a la mexicana, guacamole o tabasco, roja o verde. El chile es nuestro sabor, olor y hedor, representa lo mexicano, lo que nos define, identifica y caracteriza.
Preparado con arte diabólico es causa de indigestiones y engaños al estómago porque con su picor hace sentir que está lleno, cuando lo que infla es el consumo de sus propios tejidos deteriorados por la escoria de su combustible incendiario. El chile, símbolo agridulce de una madre con leche picante, y escasa pero infladora, quita el hambre por la caricia que produce en las mucosas, abre el apetito, llena de fantasías inalcanzables. Chile relleno de aire, que vivimos como realidad.
La cocina atiende, antes que nada, los sentidos, las necesidades, las pérdidas de ayer y de hoy las cubre con chile. Empirismo que la costumbre ha ido depurando de generación en generación. La comida satisface nuestras necesidades, no sólo las corporales, sino también las de afecto y seguridad; su picor alivia las pérdidas, las alborota y luego las tira a la desgracia y a la fantasía delirante. Combina los sutiles sabores de las especies, con el picante, durante el tiempo justo de consumación de la leña, a una temperatura que atrapa el sabor del chile hasta que el platillo está en su punto. El chile nos dio y da identidad.
Siete mil años antes de Cristo ya se consumía y fue una constante en la república. No sabemos nada o casi nada del chile. El chile nos produce desde nuestra primera tetada huella chilera hasta la muerte. El chile nos maquilla gesticuladores, movilizadora de todos los músculos de la cara y su ardor genera al movernos un caminar cual víboras chirrioneras. Los extranjeros nos reconocen por nuestro zangoloteo, movimientos ondulatorios cual serpientes amenizadas por flauta, en todo el cuerpo. Los chiles son de todos tamaños y colores; chiquitos, duros y relucientes o viejos y arrugados, gordos, alargados, rojos, verdes, morados, amarillos; pero eso sí, todos pican.
El chile es la base fundamental de la alimentación mexicana y causa, entre otras cosas de nuestros arrebatos compulsivos, carentes de sentido y forma de ser bravera, ¿que de qué, o qué, cómo de qué? Está internalizado en compañía de la tortilla y el frijol formando otra santísima trinidad, vestida de picantes, descucharrangados y espectaculares, pero poco afectivos.
Tanto es así que la hambruna, bestia feroz y salvaje, sin rostro, devoradora siniestra de la humanidad, aparece ya como una amenaza inminente, ominosa, en la sierra de Durango y, por tanto, inunda de zozobra y miedo al país que sólo espera al inalienable derecho a la vida. La hambruna del cuerno de África deja un amargo sabor a muerte difícil de elaborar. Desafíos, afrentas y escenas dantescas que nos paralizan y pueblan de fantasmas los sueños de quienes la han vivido y los que nos vivimos en los zapatos de esos africanos. Drama violento que nos indica el fracaso de lo propio, la razón, la muerte, los límites y las reglas de convivencia pacífica, la muerte del otro y la propia bajo la sombra regresiva y odiada de la persecución generadora de ese pánico que paraliza, atonta, aturde y nos abruma con una carga de angustia desgarradora, sin salidas. El yo se descubre como un yo herido, sangrante, humillado en el desamparo, enfrentado de manera despiadada a su indefensión; un yo que intenta remediar sus pérdidas sin saber de qué manera hacerlo.
Parece confirmarse la hipótesis freudiana, el aparato síquico tiene una tendencia a regresar al estado cero, al reposo, a la autodestrucción. El retorno a lo inorgánico. Pulsión de muerte que no deja de actuar aún más si no podemos ver el rostro del semejante que sufre, del inocente que muere, de los niños que ven segadas sus vidas o mutilados sus cuerpos, de las madres que desgarradas por una herida inelaborable ven a sus hijos morir en un inútil y cruel egoísmo que lleva a la hambruna a los más desposeídos.

viernes, 7 de octubre de 2011

López Velarde respira en su poesía...


Fuensanta
José Cueli

………….
Qué espléndidamente canta nuestra herida ritmo hispano indígena el poeta zacatecano Ramón López Velarde! Herida que nos divide entre conservadores y liberales, católicos y ateos, placer y pecado, autoridad patriarcal y mujer dueña de su cuerpo, abortistas y antiabortistas.

Qué suave canta La suave patria, vendedora de chía, a la que quiere raptar en la cuaresma opaca/ sobre un garañón y una matraca/ y entre los tiros de la policía, el poeta que aún se arrastra por las noches, en Zacatecas poliedro de luz tallada, implorando el amor de Fuentesanta, entre las líneas sinuosas de su poesía… con la que dormir en paz se puede sobre sus castos senos/ de nieve que beatos se hinchan, como frutas/ en la edad de Cristo, celeste jardinero.
Enloquecido y atrapado por los sentimientos de culpa inconscientes, que le impiden el encuentro, su poesía es un desdoblamiento de la personalidad, para hallar la palabra, que sea reparación a su sensación interna pecaminosa, destructiva, Tú Fuentesanta me liberas de los lazos del mal,/ quemen mi boca exangüe de Isaías los carbones/ por ti me dan los cielos profundas contriciones/ y el ensueño me otorga su gracia episcopal.
Sólo sabemos de López Velarde, por lo que nos revela su obra, y ésta es la de un hombre que levita, no del que gravita. Un levitar que lo lleva a un desdoblamiento de la personalidad, producido para superar sus abandonos, en medio de desgarrones morales, luchando entre la pureza y el pecado, la provincia y la capital, religión e ideología revolucionaria, que vive intensamente, como pérdidas, que resuelve y trasciende con un lenguaje nuevo, creador, como señala Octavio Paz. Su poesía atormentada es un zigzag entre confesión, exaltación, interrupción brusca, comentario al margen y saltos y caídas de la palabra y el espírituY a pesar del moralista/ que le asedia/ y sobre la comedia,/ que le traiciona/ es santa mi persona,/ santa en el fuego lento/ con que dora el altar/ y en el remordimiento/ del día que se me fue sin oficiar.
Poesía zacatecana provinciana que se adelanta a su época y es elevada carga de sentimientos de culpa que exorciza cual demonios con palabra innovadora al integrar madre y amante, pasado y presente, aquí y allá, ternura y erotismo, provincia y capital, religión y ateísmo, patria e ideas políticas. Vivencias subliminales sencillas pero intensas que se dirigen al interior al sentimiento, no a la razón nunca buscada. El placer de su poesía, como apunta Murillo, estriba en un aparente hermetismo y no en objetividad que tampoco buscó y se vuelve luz observadora que critica las costumbres de la provincia y la ciudad y nuestra manera de ser. Cuando busque mi hijo/ su media naranja/ lo mandaré vendado hasta Jerez… porque jugando a la gallina ciega/ con vosotras al jugador/ atrapa una alma linda y una púdica tez.
El abandono y la sensación (su poesía es de sensaciones) de maldad, lo persiguen: su poesía mística es reflejo de su formación católica, y sus vivencias religiosas, y el alma, como cera ayer,/ se petrifica, como los rosetones coloniales/ de una iglesia con lama, que complica/ su fachada borrosa con el humo/ inveterado en los temporales. Su poesía provinciana repite una forma de ser; ¿qué son si no sus jerezanas?, que detrás de su espíritu festivo, deja sus huellas de dolor, por el abandono. Jerezanas, yo aspiro a ser el casto reyezuelo/ de los días en que os sentís/ probadas por el cielo/. Su poesía amorosa, canto al rechazo y frustración que le provoca Fuentesanta 10 años mayor, rastrea la sensación de vacío que lo acompañó su corta vida. A fuerza de quererte/ he convertido el amor alma en pena/ y en el candor angélico de tu alma/ seré una sombra eterna.
Hasta en su poesía festiva, dedicada a Ana Pavlova aparece su culpa persecutoria:Piernas en las cuales/ danza la teología/ funerales y epifanía. Lo mismo que en su poesía patriótica y social, con su Suave patria que lo inmortaliza. Al triste y al feliz dices que sí/ que en tu lengua de amor prueben de ti/ la picadura del ajonjolí.
López Velarde recrea e inventa un lenguaje mexicano: Fuentesanta si mi pasión está muerta/ tu boca es una inspiración al verso. Poesía revivificante que exorciza los pecados y le permite levitar, jugar y observar a los demás y adelantar su época, ¡Oh psiquis, oh, mi alma: suena a son/ moderno, a son de selva, a son de orgía/ y a son mariano, el son del corazón.
¿López Velarde trató de integrarnos e integrarse con su verso?
………….
La Jornada
.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Sobre la Huellas del Quijote


Huellas remplazan presencia
José Cuel

………….

Quién es aquel que en su rocín cabalga, la lanza en ristre y fiero el continente, altivo porte y condición hidalga? ¿Quién es ese que va siendo burla de la gente por su grotesco yelmo y su figura de andante caballero y el trote de su pobre y ruin cabalgadura? Dejémoslo avanzar por la llanura y que a su paso brote la divina lección de locura. En la noche sobre Rocinante, por una ruta incierta y el cielo con nubarrones que lloran tinta roja se advierten misteriosos rumores de pelea, una zozobra extraña, inquietud de espíritus y voces que vibran. ¿Qué sucede? ¿Qué es esto? Acaso es que despierta el alma dormida y abre una nueva conciencia. Estamos ciegos, ciegos, nuestra vida penetra en la crueldad, ¿Qué papel representa este Quijote en el drama que vivimos, ante la realidad de un futuro cuya distancia se acorta? Nada sabemos, nadie a nuestra voz contesta, sólo percibimos extraños rumores de guerrillas, inundaciones, ruidos, relámpagos, siniestras exclamaciones, hondos lamentos, agoreras palabras, llantos y quejidos de una mujer, palabras enigmáticas, signos de una ruta incierta, hundidos en los infiernos en que cabalga el Quijote.
Dejemos caminar a este Quijote intrépido y glorioso detrás de su Dulcinea que nació en la tierra donde el sol por entre los maizales, juega y le dio esa vocación para la libertad de imágenes donde todo desaparece, el hambre se anestesia y escapa en la mente a llanuras inmensas, sin límite, sin horizonte y en silenciosos éxtasis suspenden el pensar, sin que nadie lo detenga y sin ver nunca el fin del camino.
Dejemos a este Quijote con sus nubes y sus sombras, sus serpentinas, y confetis… si logra salir de los encantamientos de la imaginación y el adormecimiento, acabará vislumbrando con terror cómo el México donde vive pierde, día a día los estrechos límites que lo definen. Al perder los límites ya sin tiempo y sin espacio externo fijo, se comunica vía la imaginación mientras el resto del mundo se ahoga en la vorágine de cifras, datos y pronósticos en torno al derrumbe de la economía mundial.
Naufraga este Quijote en el mundo globalizado, en la miseria que acumula más miseria y millones de sus paisanos se mecen en la hamaca de la imaginación y del letargo y otros millones se asfixian en la desesperación y la pobreza. Tristes fiestas del mes de la patria ensangrentada en que el clásico ¡Viva México! se escucha débil.
PD: Quiero agradecer a entrañables amigos su participación en la presentación de mi libro Entre el delirio y el sueño: Freud y Cervantes: Carlos Payán, José María Pérez Gay, José Camacho, Alfredo Valencia y Salvador Rocha, efectuada el sábado pasado en el auditorio de la Asociación Psicoanalítica Mexicana

 ………….
La Jornada
.

martes, 6 de septiembre de 2011

De Carlos Payán a Jose Cueli....


Un sicoanalista habitado por la poesía
Carlos Payán Velver


…………. ………….
Querido José Cueli:

He leído cuidadosamente tu ensayo Entre el delirio y el sueño: Cervantes y Freud.
Muchas veces tuve que volver sobre uno que otro párrafo para poder comprenderlo, ya que mi ignorancia de Derrida me hacía sentir como pez fuera del agua, pero sobre todo por el deleite de repasar la poesía que iba encontrando en tu escritura.
Tu texto se fue deslizando suavemente y llegué a hacer, en algunos pasajes, una lectura en voz alta, cuando me sorprendía el encuentro con la poesía que se esparce a lo largo de todo el libro.
Cuando leí tu Neza y anexas, sentí que ahí había un río, un torrente de poesía que tú habías hecho brotar de la desolación, de la miseria, la enfermedad y el abandono de esa Netzahualcóyotl que exploraste por aquel entonces.
Y ahora vuelves con un torrente no menos caudaloso, al dilucidar las posibles constantes entre Cervantes y Freud, profundizando en los universos que conforman la obra de uno y otro autor, y logras abrir, más allá de sus palabras, las tuyas propias, pues la poesía que escribes o que sueñas ha contaminado tu análisis. La poesía siempre ha sido madre y maestra de anticipaciones y regresos. A ti te habita la poesía, mi querido José Cueli, que también le imprimes a muchas de tus crónicas taurinas.
Abordas la arqueología de Freud sobre los sueños de ese hombre al que el poeta Vicente Huidobro llama animal cósmico cargado de congojas, y a este ser freudiano le encuentras un compañero del alma en Don Quijote, el gran delirante. Tus exploraciones me han permitido evocar, no sin nostalgia, mi primera lectura de Cervantes, allá en los años mozos, a través de la voz del maestro Julio Torri, en la preparatoria de San Idelfonso; el texto venía impreso en letra tan pequeña, que Torri debía leérnoslo con una lupa:
“…se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante, sin amores, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma.”
La segunda evocación tiene que ver con Freud, y está anclada en un consultorio semioscuro, sobrio, de San Ángel Inn, donde durante años tú escuchaste mis desvaríos y me ayudaste a comprenderlos.
En estas dos evocaciones pude encontrar, querido amigo, el camino para seguirte en tus andanzas por los significados profundos de esos textos, verdaderos Testamentos sobre los cuales se erige una buena parte de aquello que somos, y de lo que alcanzamos a comprender sobre nosotros mismos.
Hace algunos años intenté, junto con Manuel Arroyo, de la editorial Turner, de España, publicar una versión del Quijote cuya tipografía él ya había armado, sin comentarios y sin notas al pie de página, pero que iría ilustrada con 40 grabados del pintor Alberto Gironella.
Con Alberto, que por entonces era mi huésped, empezamos a comentar cómo podrían ser las ilustraciones. El primero, concluimos, sería un grabado en blanco, una especie de intaglio, que pudiera sugerir la biblioteca del señor Quijano ya desmantelada.
Luego pensamos en los molinos. Doré había pintado esa escena enfrentando al Caballero de la Triste Figura, lanza en ristre, contra los molinos y sus grandes aspas. Por alguna razón, esta representación no me convencía. Los molinos los veía Doré, ¿pero qué veía Don Quijote? No molinos, sino monstruos, a los que iba a derrotar. Y esto le dije yo a Gironella: ‘Tienes que pintar gigantes y no molinos, porque queremos aquí la grandeza de una batalla, y no la tristeza de un desengaño’. El fin de esta historia fue un fracaso que no contaré ahora, pero que tiene que ver con la neurosis, con el querer hacer y el deseo de no hacer, con el boicotear una tarea que por su naturaleza era imposible de realizar, pero que había que intentarla hasta fracasar, lo que después sería motivo de muchas sesiones sicoanalíticas contigo.
Lo que me quedó claro, desde entonces, es que el insigne caballero no veía molinos, sino monstruos, que eran lo real para él, y por tanto también para mí. Como Dulcinea, que era tan real como su amor por ella. Al lado de su inquebrantable voluntad y de su fabulosa capacidad de soñar la realidad, a la que le obligaban volver una y otra vez, no era más que un deslucido espejismo. El sicoanálisis no existía en ese entonces, pero existe ahora, y tú, Cueli, que ejerces esa mezcla de brujería y de ciencia, acompañas en tu libro al Caballero, indagas en su tristeza, y le ayudas –nos ayudas– a encontrar el puente que existe entre molinos y gigantes, que a lo mejor, después de todo, vienen siendo una sola y misma cosa, una única realidad deslumbrante, a la que Don Quijote arriba montado no en Rocinante, sino en su propio delirio.
Trato de entender: Un excavador del alma humana, como Freud, y un excavador del lenguaje, como Derrida, confluyen en tu libro en ese intento monumental de atravesar capa tras capa, corteza tras corteza, hasta encontrar un origen que enseguida sugiere otro más profundo, y ese, a su vez, a otro, y así ad infinitum. Trato de entender que del paso momentáneo por cada revelación, sólo se desprenden lecturas inéditas, nuevas interpretaciones y vagos descubrimientos.
Al hombre que quiere escudriñar Freud, lo vislumbró Vicente Huidobro, poeta de mi adicción, y lo captó en una frase de su Altazor: Animal cósmico cargado de congojas. Congojas, sí, todas ellas ocultas en los túneles subterráneos del inconsciente.
Y del gran desfacedor de entuertos, me parece descubrir, dentro de su delirio, que es suyo y también de Cervantes y, de alguna manera también mío, un espíritu libertario, anarquista, igualitario, solidario con los pobres de la tierra, amoroso príncipe de los sueños a los que llega, y nos lleva, una y otra vez, incansable. Y aquí voy a retomar unas líneas de Muerte sin fin de José Gorostiza, que me permiten esclarecer algo de aquello que me ha sugerido la lectura de tu libro, Cueli:
“...Más nada ocurre, no, sólo
este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término
inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga...”
Y más adelante:
“...gestado en la aridez de sus
escombros
siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar en su descanso
y sueña que su sueño se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una
obstinada muerte,
sueño de garza anochecido a
plomo,
que cambia de pie, mas no de
sueño...”
Foto
José Cueli, colaborador de La Jornada, durante una entrevista con motivo de su reciente ensayo: Entre el delirio y el sueño: Cervantes y Freud Foto José Antonio López
Y ahora déjame invocar también otro texto, esta vez de Borges, en su Pierre Menard, autor del Quijote.
Nos cuenta el argentino que Pierre Menard pudo, luego de múltiples intentos, escribir nuevamente El Quijote, en una versión no precisamente igual, pero en últimas idéntica. Borges se da a la tarea de cotejar los dos textos, citando líneas del uno y del otro.
Cervantes habría escrito:
...la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de acciones, testigo del pasado, ejemplo y aviso del presente, advertencia de lo porvenir.
Ese primer Quijote, redactado en el siglo XVII, no es, según Borges, más que un mero recurso retórico de la historia. Menard en cambio escribe:
...la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de acciones, testigo del pasado, ejemplo y aviso del presente, advertencia de los porvenir...
Es vívido el contraste de los estilos, continúa Borges, y además explica que la historia, para Menard, no es una indagación de la realidad, sino su origen, si bien su estilo arcaizante, siendo Menard al fin de cuentas extranjero, adolece de una afectación, y no así el del precursor, Cervantes, quien maneja con desenfado el español corriente de la época.
Se trata de una contraposición entre dos textos idénticos, si bien para Borges tienen diferentes connotaciones. Y a mí me parece que, de alguna manera, con esa invención el ciego divino quiere decirme que la lectura del Quijote tiene una diversidad infinita de lecturas, que salen de las mismas palabras y al final remiten de nuevo a ellas.
Abandono ya estas divagaciones para, si me permiten y con tu venia, Cueli, leerles algunos, sólo algunos de los muchos textos en los que pude ir descubriendo la poesía de la que está impregnado tu nuevo libro.
Sobre el delirio:
“Delirar,
delirio en que las huellas
mnémicas
cubre la cerrada losa nocturna,
para levantarse por la
mañana,
pisar suave, como para no
despertar,
quedo, quedito,
paso a pasito,
la idealización de la madre en
Dulcinea,
regazo de la nana,
cuna protegida,
reloj imaginario
de horas arbitrarias,
magia,
mezcla de alfabetos y arrullos,
letras grabadas en que
Dulcinea
aparecía y desaparecía.”
Uno sobre la cotidianidad:
“Olor a duelos y quebrantos,
oriflama en los aires,
símbolo de soledad.
Impetuosas sombras que caían
sobre el fresco delirar,
dejando un rancio olor a tierra
y muslos de mujer,
sobre los que un día
se enredaron las hojas de los
libros
que con adicción leía
el famoso hidalgo.”
Uno sobre el amor:
“Llamado que se desborda en
un flujo,
mezcla de trastornos del cuerpo
y pensamientos en torbellino,
débiles, dispuestos a penetrar,
a hundirse en el otro.
Destino implacable
de cuerpo insuflado en los
miembros,
voz temblorosa,
garganta seca,
ojos deslumbrados por el
resplandor,
piel ardorosa,
corazón palpitante,
confusión de la expresión del
amor
con la del miedo
o la rabia.”
Y otro más:
“Sexualidad, visión de lo
invisible.
Montaña de colores que
chorrea hasta las rodillas,
pájaros verdes borrachos de
naranjas dormidas,
visión cristalina delirante
de pálidas representaciones
de la espera,
espera que nunca llegará
y es presencia de la necesidad
de ella,
por la percepción,
siempre irreal.”
Éste, sobre las penumbras del inconsciente:
“Objeto sordo de la propia
escucha,
petrificado perfil de niño
enloquecido,
que no desciende de su
memoria
sino de su olvido,
sin puntualizaciones
ni silencios.”
Y para terminar, este último, que en una sola línea encierra todo un poema:
“Te espero a la orilla de tu
sombra.”
Tal, la poesía y la sabiduría encontradas en este manuscrito del docto José Cueli sobre Cervantes y Freud. Texto que parte de innumerables lecturas y excavaciones, no para llegar a Cervantes, ni tampoco a Freud, sino para acercarse a sí mismo: a su propia visión y vivencia del amor y de la soledad, del delirio, del sueño, que sé yo...
Texto leído por el director fundador de La Jornada, el sábado 3, durante la presentación en la sede de la Asociación Psicoanalítica Mexicana del libro Entre el delirio y el sueño: Cervantes y Freud, de José Cueli
La Jornada
.

"La justicia del Quijote, no la de las leyes": José Cueli




Presentaron su libro Entre el delirio y el sueño: Cervantes y Freud,publicado por La Jornada
Cueli invita a buscar la justicia del Quijote, no la de las leyes
Carlos Payán resaltó la poesía de la que está impregnado el volumen
El autor descubre algunos vasos comunicantes entre el escritor español y el creador del sicoanálisis: Salvador Rocha
Martes 6 de septiembre de 2011
…………. ………….

El libro de José Cueli titulado Entre el delirio y el sueño: Cervantes y Freud,presentado el sábado pasado en la Asociación Psicoanalítica Mexicana, invita a la apertura, a la búsqueda de la libertad y la justicia.
Lectura que invita a la apertura, no a la clausura. La idea es la apertura de todo en la vida. Llevamos la vida tratando de cerrarla. Al dejar de estar cerrados, es la búsqueda de la libertad y de la justicia, pero la justicia natural que era la de El Quijote, no la de las leyes, señaló el autor y articulista de este diario.
José María Pérez Gay –quien me ayudó, lo leyó, me dio materiales, resaltó Cueli–; Carlos Payán Velver, director fundador de La Jornada; Alfredo Valencia; José Camacho, y Salvador Rocha comentaron Entre el delirio y el sueño (La Jornada Ediciones) en el auditorio de la Asociación Psicoanalítica Mexicana.
En su intervención, Payán resaltó algunos fragmentos del libro, en los que descubrió la poesía de la que está impregnado. Por ejemplo: Delirar,/ delirio en que las huellas mnémicas/ cubre la cerrada losa nocturna,/ para levantarse por la mañana,/ pisar suave, como para no despertar,/ quedo, quedito,/ paso a pasito, /la idealización de la madre en Dulcinea,/ regazo de la nana,/ cuna protegida,/ reloj imaginario/ de horas arbitrarias,/ magia,/ mezcla de alfabetos y arrullos,/ letras grabadas en que Dulcinea/ aparecía y desaparecía.
Y finalizó su lectura: Tal, la poesía y la sabiduría en este manuscrito de José Cueli sobre Cervantes y Freud, texto que parte de innumerables lecturas y excavaciones no para llegar a Cervantes, ni tampoco a Freud, sino para acercarse a sí mismo: a su propia visión y vivencia del amor y de la soledad, del delirio, del sueño, que sé yo...
Alfredo Valencia, en contraste, reconoció en Entre el delirio y el sueño.... el texto más íntimo de Cueli, el sicoanalista. Y agregó: El texto que hoy nos reúne me resulta entrañable al poner en escena al sicoanalista en su trato con la literatura y la filosofía de una manera no habitual en nuestro ambiente (...) No es habitual encontrarse con un libro, escrito por un sicoanalista, que exhiba la libertad de palabra a que éste convida.
Por su parte, José Camacho previno: no traten de entenderlo a la primera; como nos ocurre a todos al conocer a Pepe, no lo comprendemos pero lo disfrutamos; ustedes, futuros lectores gócenlo y vean en él al pensar desde sus orígenes en el deseo, porque pensar y desear como el recuerdo de la experiencia de satisfacción son sólo pasos de un proceso que culmina en el pensamiento del proceso secundario (...) A ese pensar apasionado es al que induce esta lectura.

Realidad, locura, deseo y libertad
Durante su lectura, Salvador Rocha manifestó en torno a El Quijote: Desde el primer capítulo vemos a nuestro señor entregado a la desmesurada lectura de las gestas heroicas. Nosotros, ingenuos, nos consideramos a salvo. Compadecemos al pobre que ha perdido la distancia entre sueño y realidad. Es la distancia de nuestra lógica cartesiana la que nos muestra a un ser abismándose en la locura.
Con este volumen, el fundador y ex director de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México muestra similitudes entre los temas de los autores de El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha y La interpretación de los sueños: realidad, locura, deseo, libertad, ser y poesía, entre otros.
Cueli descubre a sus lectores con una escritura dotada de tintes poéticos, un elaborado lenguaje y un desarrollado sentido del ritmo, algunos de los vasos comunicantes entre la obra y el pensamiento del escritor español y los del creador del sicoanálisis: los temas y acercamientos que les son profundamente comunes.
Sobre Miguel de Cervantes Saavedra, se lee en el volumen: un marginado escribió su monumental obra del ingenioso hidalgo, en mi opinión como una escritura en el margen, en los márgenes, en las fronteras, en el exilio, en la exclusión, en la tierra de nadie, en la cordura y en la locura, en la razón y en la sinrazón, entre el delirio y la pasión; flotando entre el mundo real y el onírico...
En contraste, Sigmund Freud enfrentó la marginación que le fue impuesta por la comunidad científica y por el antisemitismo por haber osado inquietar el sueño de la humanidad, por haber herido el narcisismo del hombre al enunciar que no era el amo de su propia casa.
En su libro Entre el delirio y el sueño: Cervantes y Freud, Cueli recupera a personajes de la cultura occidental, como Jacques Derrida, María Zambrano, Charles Darwin, Karl Marx y Friedrich Nietzsche, entre muchos, para arrojar luz en temas esenciales del ser humano.
La Jornada
.

viernes, 26 de agosto de 2011

El Sicoanálisis te enfrenta en el espejo y te ves tal cual...

¿Por qué tanto odio?
José Cueli

………….
De la inquietud surge la pregunta: “¿por qué luego de 100 años de existencia y de resultados clínicos indiscutibles, el sicoanálisis es tan violentamente atacado en la actualidad? Prueba de ello es el libro de Michael Onfray recién editado en español por Taurus, titulado El ocaso de un ídolo. La historiadora y sicoanalista Elizabeth Roudinesco contesta dicho libro con un folleto-libro llamado ¿Por qué tanto odio?, y se contesta: porque el sicoanálisis irrumpió en la vida íntima de los seres humanos, la sexualidad, los problemas familiares, la crítica de los sistemas dictatoriales y la religión y, de contra, por su imposibilidad para ser verificado.

Así, Roudinesco hace la crítica de no ser ciencia: el principio de la historia de las ciencias según el cual ninguna norma debe esencializarse en relación con una patología, ya que los fenómenos patológicos son siempre variaciones cuantitativas de fenómenos normales. Para Onfray, la relación entre lo normal y lo patológico la piensa en dirección del bien y del mal. De un lado el paraíso de la norma (el dios solar, los pacifistas, los hedonistas), por el otro, el infierno de la patología (locos, perversos, monstruos); para él, el sicoanálisis no distingue al verdugo de la víctima, porque en el sicoanálisis todo se vale: el enfermo, el hombre normal, el loco, el siquiatra, el pedófilo, el buen padre. No es ciencia, es otra religión dictatorial, dice.

Y Roudinesco señala: Freud, médico, abandona el modelo neurológico, rompe con los mitos cerebrales. Fundó el sicoanálisis a partir de otro razonamiento diferente al de las ciencias naturales. El hombre no es sólo neurona: está hecho por mitos, fantasmas, cultura. Puso la tragedia griega, Sófocles: Edipo. Pero también la conciencia culpable de Hamlet en el corazón de la subjetividad. El sicoanálisis es una ciencia humana, como la antropología, no una rama de la neurología, y si se biologizan las ciencias humanas caemos en el oscurantismo, el ocultismo, descubriendo causalidades donde no las hay.

Elizabeth Roudinesco (sicoanalista e historiadora del sicoanálisis) junto con Jacques Derrida (filósofo de la deconstrucción) dialogan, entre muchos otros temas cruciales en la actualidad, sobre el asunto de la libertad, la ciencia y el cientificismo.

Para Roudinesco, la cuestión del cientificismo contemporáneo hay que entenderla como una ideología surgida del discurso científico y ligada al progreso real de la ciencia y las ciencias, que pretende reducir todos los comportamientos humanos a procesos fisiológicos verificables experimentalmente. Ante tal perspectiva existe una equiparación de lo humano con la máquina, y con ello una desvalorización de las determinaciones inconscientes de la conducta humana. Por su parte, Jacques Derrida puntualiza que el cientificismo no es la ciencia. Encuentra que los hombres y mujeres de ciencia se reconocen en el hecho de que nunca, o casi nunca, son cientificistas.

Para el filósofo hay una claridad meridiana al respecto: Si el cientificismo consiste en extender ilegítimamente el campo de un saber científico o en dar a los teoremas científicos un estatus filosófico o metafísico que no es el suyo, comienza allí donde se detiene la ciencia y donde se exporta un teorema más allá de su campo de pertinencia. Es decir, el cientificismo desfigura lo que tiene de más respetable la ciencia.

Derrida denuncia, y con justa razón, que debemos ser muy cautelosos y no caer en la simplificación y el reduccionismo de interpretar como actos mecánicos el acto de pensar, el comportamiento humano y el funcionamiento del siquismo. Cosa en la que lamentablemente han caído algunas corrientes sicoanalíticas. No se trata, según Derrida, de descalificar los avances tecnológicos, sino de entender la complejidad de la interacción del hombre con la máquina. Y he aquí donde el asunto se enlaza con el tema de la libertad.

En este punto, Derrida apunta a lo incalculable, a lo no predecidle, a lo que rebasa o excede, y es así como quizás podría hablarse de libertad. Lo incalculable, el acontecimiento imprevisible tiene que ver con el otro, “el otro responde siempre, por definición, en el nombre y la figura de lo incalculable. Ninguna investigación científica, por exhaustiva que sea, puede dar cuenta del encuentro del otro.
………….
La Jornada
.

viernes, 29 de julio de 2011

Terror, Muerte y Nuestro Psique...

Omnipotente fuera de serie
José Cueli


………….
Una tragedia humana nos sacude e incita a pensar en la muerte. Anders Behring Breivik, un hitlercito omnipotente, enfermo de grave y cruel narcisismo maligno, masacró a 76 personas inocentes a las que envió al infierno en la pacífica y democrática Noruega, ejemplo de país que espera evitar que la máxima de Violencia engendra violencia desaparezca.

Pero, ¿qué es en realidad lo que orilla a un ser humano a ejercer la máxima violencia sobre sus semejantes? ¿Cuál sería la diferencia entre la muerte por homicidio y el homicidio masivo? ¿Qué historia previa coloca a un individuo en el lugar del homicida y a otro en el de víctima? ¿Qué nos mueve la muerte de los semejantes? ¿Qué sabemos de la muerte?

Convendría aquí reflexionar con Levinas el asunto de la muerte. Ésta es la separación irremediable, la descomposición, la no respuesta, la concretización de la ausencia. La experiencia de una muerte que no es la mía se relaciona conmigo en forma de alguien. La muerte de alguien no es, a pesar de lo que parezca a primera vista, una facultad empírica; no se agota allí, me toca, me traspasa, me trasciende, me inquieta, no puede serme ajena.

La muerte de otros que mueren afecta en mi propia identidad como responsable, identidad no sustancial, no simple coherencia de los diversos actos de identificación, sino formada por la responsabilidad inefable. El hecho de que me vea afectado por la muerte de otros constituye mi relación con su muerte. Constituye, en mi relación, en mi deferencia hacia alguien que ya no responde, mi culpabilidad: una culpabilidad de superviviente.

El morir, como morir del otro(s), afecta mi identidad como Yo, tiene sentido en su ruptura del Mismo, la ruptura de mi Yo, la ruptura del Mismo en mi Yo. La muerte, a su vez, como curación e impotencia; ambigüedad que señala, quizá, una dimensión de sentido distinta a aquella en la que la muerte se concibe en la alternativa ser-no ser… la muerte como enigma, como viaje sin retorno, pregunta sin datos, puro signo de interrogación.

Levinas se pregunta: ¿Acaso la relación con la muerte del prójimo no revela su sentido, no lo articula por la profundidad de la repercusión, del miedo que se siente ante la muerte de otros, ante mi propia muerte?

La masacre de jóvenes noruegos desborda la intención que parece satisfacer. Y la muerte indica un sentido que sorprende, como si el anonadamiento pudiera introducirse en un sentido que no se limita a la nada. La muerte es la lucha entre el discurso y su negación.

Quizás la muerte ejecutada o decretada se remite, en alguna forma, a ese doble juicio fundante (freudiano) en la simultaneidad de la atribución y la inexistencia, en un juego especular enloquecido entre víctima y victimario, entre la omnipotencia y el desamparo original, entre la alucinación y la realidad, en la búsqueda incesante de alcanzar aquello originario que se perdió, en ese velado juego de desplazamientos de ese objeto primigenio hacia los subrogados en la realidad exterior.

Aciago y trágico devenir de la existencia en la que transitamos como seres marcados por la contradicción en un escenario de doble fondo, siempre a cuestas con lo fantasmal deslizándolos por los márgenes, en la inquietud de ser y no ser. Infligir la muerte al semejante es matarse en aquel que nos devolvió algo (o nada) en la mirada. Finalmente, la única certeza pareciera ser que la muerte nos ronda y se esconde donde no tiene dónde.
………….
La Jornada
.

viernes, 15 de julio de 2011

Gritas ¡¡¡ Gol !!! al tiempo que matan a tu hermano... ¡ Que poca madre !

¿El futbol cubrió la masacre?
José Cueli
L
a angustia y la incertidumbre de los sangrientos actos del fin de la semana pasada y las posibles y terribles consecuencias nos tienen sumidos en un estado de consternación que aparentemente escondió el triunfo de la Sub 17.
Perplejos y aturdidos ante tanto horror, los sentimientos que nos invaden apuntan hacia una angustiante sensación de vulnerabilidad extrema. La depresión paraliza el alma y la desesperanza nos invade. El desvalimiento y el dolor se entremezclan mientras las listas de muertos y desaparecidos, ésas si, ¡van al alza!
Sin embargo, no podemos permitir que el dolor nuble nuestra capacidad de reflexión y menos aún que el rencor oscurezca nuestro entendimiento. Quizás lo más dramático y duro de aceptar es que no hemos aprendido nada, absolutamente nada de nuestra historia. Como animales dando vueltas en la noria, nos vemos instalados en la compulsión a la repetición y nuestra gran civilización parece no habernos servido más que para matarnos los unos a los otros de manera cada vez más sofisticada.
Pero, ¿cómo transmutar en lenguaje esa compulsión a repetir a la destrucción, si no llega a la conciencia y ésta se ve obnubilada por el odio y el rencor? ¿Cómo transmutarla en lenguaje y negociación pacífica y racional, si el instinto de muerte (descrito por Freud) es un reactivo al revés, una inopinada visión retrospectiva de lo que es y no es? El mundo se nos revelaba con ínfulas de urbanidad electrónica suprema, pero desmentida por las disonancias de la agitación estruendosa de las masacres, el hambre, las desigualdades brutales y las ejecuciones, que rebasan la razón y nos confrontan a una sensación de fracaso y de impotencia. Repetición inelaborable de la historia que se repite sin enmienda.
En 1920, tras haber vivido la experiencia de la guerra y a la luz de reflexiones profundas acerca de la conducta humana, Freud escribió el texto Más allá del principio del placer, donde introduce la pulsión de muerte. En él se conjuntan de manera clara y original las diferentes formas de lo que suele llamarse lo negativo: odio, destrucción, agresión y sadomasoquismo. Pulsión de muerte, que como una fuerza irrefrenable, se propone reducir, en forma regresiva, lo más organizado a lo menos organizado, las diferencias de nivel a la uniformidad y lo vital a lo inanimado, la muerte como fin último. Pulsión de muerte que, silenciosa emerge como energía destructiva que se vuelve sobre el otro, o sobre lo que de mí mismo proyecto en el otro.
Las naciones progresaron y su avance material sirvió para proporcionar a sus pueblos medios más poderosos de destrucción. En cambio, su avance moral y racional no le ha servido para sostener la fraternidad entre los hermanos y sí para confirmar que en el fondo de la persona se ocultan fuerzas irracionales que, tal como describió Freud, compulsivamente se repiten y tienden a la destrucción. Parece indudable que la raza humana no tiene enmienda y que el proceso de evolución cultural es una ilusión. Los muertos del fin de semana aniquilan una vez más lo construido, determinando un nuevo caos acompañado de una estela de dolor que se convierte en trauma inelaborable que, en un intento fallido de elaboración de lo traumático, tenderá a repetirse una y otra vez.
Violencia engendra violencia, atacamos al supuesto enemigo porque nos refleja nuestra peor parte y al matarla en el otro creemos poder deshacernos de aquello que le proyectamos y que nos resulta intolerable en nosotros mismos. No toleramos la imagen de nosotros mismos que el otro nos refleja. De allí nuestra intolerancia a la diferencia, al otro, y a lo que el otro me dice de mí mismo.
¿Cuándo será el tiempo para reflexionar y no para actuar nuestros impulsos destructivos reprimidos y desplazados en el otro? El tiempo de asumir con conciencia y no acicateados por el odio, que en nosotros habitan, en las profundidades de nuestro inconsciente, fuerzas irracionales ocultas desde donde podemos actuar lo peor de nosotros mismos.
Hay que recordar, como decía Freud, para no repetir.

viernes, 13 de mayo de 2011

Por envidia Obama Asesinó a Osama Bin Laden...



Venganza: máscara de la envidia
José Cueli


………….
Antes que Sigmund Freud, los aztecas tenían la concepción que detrás de la venganza había envidia rabiosa. Ante la muerte de Bin Laden, uno se pregunta, ¿por qué matar gente que mata gente, en una competencia de ser el dios omnipotente que sabe el día, la hora y el minuto de la muerte de su adversario. Porque, ¿cómo repercutirá la sorpresiva muerte de Bin Laden, ajusticiado mientras descansaba en su casa, por el premio Nobel de la Paz, Barack Obama? ¿Cómo repercutirá la muerte vengativa, sin juicio previo, sin justicia natural por el líder del país más poderoso de la Tierra? Especulo, ¿cuál será la envidia de Obama a Bin Laden, si es cierto que la venganza esconde envidia? ¿Será que Bin Laden es el líder espiritual de Al Qaeda y no un líder electoral? ¿Qué habrá detrás y qué consecuencias tendrá la indignación colectiva de millones por un lado y, por otro, la manía vengativa carnavalera de los afectados por los ataques terroristas del líder árabe el 11 de marzo?

Dinámicamente el mundo se mantiene sin importarle aparentemente los hechos que analizo por temor al helado contacto con la muerte, impotente a las decisiones de los poderosos y a lo sumo orquesta leves manifestaciones pacifistas en un marasmo sin nombre que pasa ignorado sin dejar más huella de sí que el ancho dolor que esta marca deja en el ser humano.

Un siglo antes Freud se había anticipado a estos actos de violencia que terminan en muerte al describir el instinto de muerte que persigue el fin de reducir lo viviente al estado inorgánico, partiendo de la base de que la sustancia viva apareció después de la inanimada originándose en ésta, y según la cual todo instinto perseguiría el retorno a un estado anterior. Esto no es aplicable al instinto de vida, pues supondría presuponer que la sustancia viva fue alguna vez una unidad destruida que más tarde tendería a su nueva unión. Este instinto de muerte expresado lo mismo en la irracionalidad de Bin Laden que de Barack Obama, cuyo discurso democrático pacifista escondía el resentimiento vengativo, juegan en un descuido a reducirnos al estado inorgánico. Algo que nos lleva a fantasear si alguna vez el mundo habría llegado al punto en que nos encontramos y el instinto de muerte la volvió sustancia inorgánica, regresándolo a un estado anterior para que apareciera de nuevo –según Empédocles– en tipos completos de hombres duales y así una parte nació de los hombres y otra de las mujeres acogiéndose unos al deseo de los otros.

El instinto de muerte descrito por Freud, basado en Empédocles, el presocrático griego, sigue tan vigente al terminar sus recitales poéticos tanto ayer como hoy y es declarado loco de remate, que al fin los cuerdos son los que defienden los intereses económicos, no entienden que dual es la génesis de lo mortal y la destrucción que coincide en engendrar los mortales, destruirlos y es alimentada por las cosas desnacidas, se volatiliza a sí misma y nunca descansa de repetir sus intentos: que unas veces por amistad convergen en uno todas las cosas, mientras otras veces, por odio de discordia cada una diverge de todas. Así se cuenta que Uno aprendiera a engendrarse de muchos y en cuanto de nuevo fueron surgiendo muchos desangrándose Uno, se engendraban las cosas, más ninguna en lo eterno apoyará los pies. Más en cuanto cambiándose unas en otras en ninguna reposa, y se mueven todas.

No en balde Empédocles canta como dije al principio los mitos capitales declaran dual el dicho y a veces uno crece y crece tanto a costa de muchos, que llega a ser Uno, a veces empata por desnacimiento y muchos surgen de Uno. Imbéciles por cierto de alcance largo sus mentes, esperan confiados que se engendre lo que antes no era o que de alguna manera y del todo perezca. Varón sabio, ni tales cosas en su mente adivinará que mientras él y los mortales vivan, lo que ellos nombran vida sean mientras tanto de veras y le sucedan cosas buenas y malas y por el contrario antes de ser compactos, como después de desatados ya de veras no fueran y ya de veras no sean. O sea, el mundo se agita, los líderes le juegan a ser dioses, las masas se agrupan y son dispersadas y el instinto de muerte asoma su maléfica destrucción en uno más de los intentos por regresar al estado inorgánico.
………….
http://www.jornada.unam.mx/2011/05/13/index.php?section=opinion&article=a06a1cul
.

viernes, 8 de abril de 2011

La Patología de Calderón es la VIOLENCIA, 40mil muertos lo garantizan...


Mal de archivo
José Cuel

"... el psicoanálisis ha llegado a la conclusión de que los impulsos primitivos, salvajes y malignos de la humanidad no han desaparecido en ninguno de sus individuos sino que persisten, aunque reprimidos, en el inconsciente, y que esperan las ocasiones propicias para desarrollar su actividad..."

………….
Las notas epistolares sobre la guerra entre Freud y Einstein son dramáticas. La competencia de Freud con el doctor Frederick van Eeden no tiene desperdicio. Libia se descuartiza entre un dictador sanguinario y unas potencias en contubernio tras la riqueza petrolera y acuífera del país norafricano. Guerra que confirma las ideas filosóficas de Jacques Derrida sobre el mal de archivo.

Dice Freud a Van Eeden: “Esta guerra hace que me atreva a recordarle dos tesis sustentadas por el psicoanálisis que indudablemente han contribuido a su impopularidad. Partiendo del estudio de los sueños y las acciones fallidas que se observan en personas normales, así como de los síntomas de los neuróticos, el psicoanálisis ha llegado a la conclusión de que los impulsos primitivos, salvajes y malignos de la humanidad no han desaparecido en ninguno de sus individuos sino que persisten, aunque reprimidos, en el inconsciente, y que esperan las ocasiones propicias para desarrollar su actividad. Nos ha enseñado también que nuestro intelecto es una cosa débil y dependiente, juguete e instrumento de nuestras inclinaciones pulsionales y afectos, y que todos nos vemos forzados a actuar inteligente o tontamente según lo que nos ordenan nuestras actitudes (emocionales) o resistencias internas. Ahora bien, si repara usted en lo que está ocurriendo en esta ‘guerra’ –las crueldades e injusticias causadas por las naciones más civilizadas, el diferente criterio con que juzgan sus propias mentiras e iniquidades y la de sus enemigos, la pérdida de toda visión clara de las cosas– tendrá que confesar que el psicoanálisis ha acertado en esas dos tesis. Es posible que no haya sido totalmente original en ello; son muchos los pensadores y los estudiosos de lo humano que han formulado afirmaciones semejantes a éstas, pero nuestra ciencia las ha elaborado detalladamente, empleándolas a la vez para descifrar muchos enigmas de la psicología”.

En línea con el pensamiento freudiano, el prolífico filósofo de la deconstrucción, Jacques Derrida, en su libro, Mal de Archiveé, hace un llamado al sicoanálisis a una revolución potencial en la problemática del archivo. No por azar Derrida privilegia las figuras de la imprenta y de la huella y se instala en la escena de la búsqueda arqueológica en un discurso que lleve sobre el stock las impresiones y la escritura de las inscripciones, pero también la censura, la represión, la supresión y la lectura de las inscripciones.

Y se preguntaba: ¿qué futuro tendrá el sicoanálisis en la era del correo electrónico, de la carta telefónica, del multimedia, del Internet y del cd-rom (twitter)? ¿Cómo hablar de una comunicación de los archivos, sin tratar primero del archivo y de los medios de comunicación (de arriba abajo y de abajo a arriba, como ha sucedido en las revueltas de los países árabes: Túnez, Egipto y hoy Libia)? ¿Qué se vuelve el archivo cuando se inscribe al igual que el propio cuerpo? ¿Por ejemplo en la circuncisión, en su carta o sus figuras?

Mal de Archiveé recuerda sin duda un síntoma, un sufrimiento, una pasión, pero también lo que excluye y lleva hasta el principio del archivo, es decir, el mar radical, infinito, fuera de proporción, espera sin horizonte, impaciencia absoluta, deseo de memoria.

Derrida no comienza por el principio, ni aun al estudiar el archivo. Porque el principio según la naturaleza o la historia, allá donde las cosas comienzan, son también principio físico, histórico, pero igualmente el principio según la ley, allá donde los hombres y los dioses ordenan, allá donde se ejerce la autoridad y el orden social, donde el orden está dado como principio.

¿Cómo pensar ese allá? Allá donde hemos dicho y en ese lugar precisamente. Derrida se pregunta, ¿cómo este tener lugar tomará el lugar del Arkhe (del arqui) si existen dos órdenes, el secuencial y el jurídico? Una serie de discrepancias desde entonces no terminará de dividir cada átomo de nuestro léxico. En el Arkhe del principio, según la naturaleza o la historia, está ya para Derrida introducida una cadena de oposiciones, tardías y problemáticas que se encuentran en las obras en todo principio.

El principio nomológico del Arkhe, el principio del orden. Todo sería simple si sólo existiera uno de los principios. Nosotros lo suponemos, desde hace mucho tiempo, pero lo olvidamos siempre. Siempre hay más de uno y más o menos que dos, en el orden del principio, también, como en el orden de la orden.
………….
.
http://www.jornada.unam.mx/2011/04/08/index.php?section=opinion&article=a06a1cul
.

viernes, 1 de abril de 2011

Si la Envidia fuera tiña... Obama sería Kadafi.

¿Envidiarán Obama, Sarkozy, etcétera, al rico Kadafi?

José Cueli

………….
Hoy que la violencia desatada en los países árabes es un balcón abierto al salto al vacío, en medio de bombardeos en Libia (las semanas siguientes, ¿a dónde?), las potencias se dejan ir sobre ese país, como antes lo hicieron con Irak, en busca del petróleo.

Los dictadorcillos apoltronados en su sanguinario poder petrolero, se vuelven miel sobre hojuelas y pretexto perfecto para que las potencias caigan sobre ellos, antes Hussein y a punto de caer Kadafi.

Por eso no en balde Einstein pregunto a Freud, el porqué de la guerra, y el sicoanalista contestó y ¿por qué no a la guerra? En carta ampliamente difundida y comentada. No tanto la correspondencia previa entre los sabios, desde dos años antes en que Freud hablaba de su envidia como uno de los componentes del instinto de muerte. Ambos se conocieron en la casa de uno de los hijos de Freud, el año nuevo de 1927.

En la carta a Sandor Ferenczi, Freud se expresó del físico: es alegre, seguro de sí mismo y amable. Entiende tanto de psicología como yo de física, así que tuvimos una charla muy agradable.

En 1929, el 13 de marzo, Freud escribió a Einstein: Por una coincidencia, me es posible felicitarlo por su quincuagésimo cumpleaños desde cerca. Desearle buena suerte sería superfluo. Antes bien, prefiero celebrar, junto con tantos otros, la buena fortuna que usted ha tenido y sigue teniendo.

Einstein le respondió el 22 de ese mismo mes y año: “Estimado maestro: Mi más cordial agradecimiento por haberse acordado de mí. ¿Por qué el énfasis en mi buena suerte? Aunque usted se haya metido bajo la piel de tantas personas e incluso la humanidad misma.

¡No ha tenido oportunidad de meterse bajo la mía! Con el mayor respeto y mis mayores deseos.

Freud le contesta en una larga carta –casi un artículo– tres días después, de la que extraigo lo esencial: Tiene razón. Puesto que sé tan poco sobre usted que no tengo derecho a considerarlo afortunado, aunque deseo que lo sea. Pero no debe creer que deseo arrastrarlo a una correspondencia, si ahora cedo a la tensión de explicarle mi transgresión. Por lo contrario, le pido que no me conteste. Desearle a alguien buena suerte, me resulta verdaderamente repugnante, me parece tan vulgar y primitivamente animista, como si uno siguiera creyendo en la omnipotencia del pensamiento. Sin embargo, lo que le escribí tenía sentido para mí. Era la expresión de mi envidia que no tengo temor en reconocer. La envidia no es necesariamente algo maligno. La envidia puede incluir admiración y coexistir con los sentimientos más amistosos hacía la persona envidiada. Más si existe una envidia maligna, máscara del instinto de muerte.

“Con todo, a la hora de decidir por qué habría de envidiarlo, mi ignorancia no ha presentado un obstáculo. La principal consideración fue que es mucho más afortunado quien completa un camino que quien lo inaugura. Sin preparación especializada, nadie puede emitir un juicio en astronomía, física o química. Eso no se aplica a la psicología.

“Todo hombre sabe tanto o más, sin haberse tomado molestia alguna y puesto que haya llegado a conclusiones con tan pequeño desembolso, no puede creer que alguien ha tenido que hacer una inclusión tan grande.

Solía pensar que tenía otros motivos para envidiar al físico: la bella claridad, la precisión y la certeza de los conceptos fundamentales de su creencia; como fuerza, masa y aceleración. Aprendí que se trataba de una apariencia. Si alguien nos reprocha la incertidumbre y vaguedad de nuestras energías, instintos, catexias y líbido, tengo la costumbre de apelar al ejemplo de la física y afirmar que, si bien se le puede exigir a las humanidades conceptos claros, eso no ocurre con una ciencia natural. A final de cuentas no quise dar la impresión de que había evitado felicitarlo por haber alcanzado el medio siglo de vida, recurriendo a una fórmula vacía. Si he logrado sólo eso, preferiría que destruyera esta carta, más bien un monólogo destinado sólo a usted.

Albert Einstein respetó el deseo de Freud, no le contestó, pero no la destruyó. A ello se debe la supervivencia de está carta descubierta recientemente. ¿Quién envidia a quién?
………….
.
http://www.jornada.unam.mx/2011/04/01/index.php?section=opinion&article=a07a1cul
.

Carta del Dr Freud al profesor Einstein sobre la violencia y la guerra 


Dr. Sigmund Freud. Viena, septiembre de 1932


………….

Viena, setiembre de 1932


Estimado profesor Einstein:

Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a un intercambio de ideas sobre un tema que le interesaba y que le parecía digno del interés de los demás, lo acepté de buen grado. Esperaba que escogería un problema situado en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada uno de nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse una particular vía de acceso, de suerte que se encontraran en el mismo suelo viniendo de distintos lados. 

Luego me sorprendió usted con el problema planteado: qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra. Primero me aterré bajo la impresión de mí -a punto estuve de decir «nuestra»- incompetencia, pues me pareció una tarea práctica que es resorte de los estadistas. 

Pero después comprendí que usted no me planteaba ese problema como investigador de la naturaleza y físico, sino como un filántropo que respondía a las sugerencias de la Liga de las Naciones en una acción semejante a la de Fridtjof Nansen, el explorador del Polo, cuando asumió la tarea de prestar auxilio a los hambrientos y a las víctimas sin techo de la Guerra Mundial. 

Recapacité entonces, advirtiendo que no se me invitaba a ofrecer propuestas prácticas, sino sólo a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención de las guerras para un abordaje psicológico.

Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su carta. Me ha ganado el rumbo de barlovento, por así decir, pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber -o conjeturar-.

Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de partida correcto para nuestra indagación. ¿Estoy autorizado a sustituir la palabra «poder» por «violencia» {«Gewalt»}, más dura y estridente? Derecho y violencia son hoy opuestos para nosotros. 

Es fácil mostrar que uno se desarrolló desde la otra, y si nos remontamos a los orígenes y pesquisamos cómo ocurrió eso la primera vez, la solución nos cae sin trabajo en las manos. Pero discúlpeme sí en lo que sigue cuento, como si fueran algo nuevo, cosas que todos saben y admiten; es la trabazón argumental la que me fuerza a ello.

Pues bien; los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Así es en todo el reino animal, del que el hombre no debiera excluirse; en su caso se suman todavía conflictos de opiniones, que alcanzan hasta el máximo grado de la abstracción y parecen requerir de otra técnica para resolverse. Pero esa es una complicación tardía. 

Al comienzo, en una pequeña horda de seres humanos, era la fuerza muscular la que decidía a quién pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad. La fuerza muscular se vio pronto aumentada y sustituida por el uso de instrumentos: vence quien tiene las mejores armas o las emplea con más destreza. 

Al introducirse las armas, ya la superioridad mental empieza a ocupar el lugar de la fuerza muscular bruta; el propósito último de la lucha sigue siendo el mismo: una de las partes, por el daño que reciba o por la paralización de sus fuerzas, será constreñida a deponer su reclamo o su antagonismo. Ello se conseguirá de la manera más radical cuando la violencia elimine duraderamente al contrincante, o sea, cuando lo mate. Esto tiene la doble ventaja de impedir que reinicie otra vez su oposición y de que su destino hará que otros se arredren de seguir su ejemplo. Además, la muerte del enemigo satisface una inclinación pulsional que habremos de mencionar más adelante. 

Es posible que este propósito de matar se vea contrariado por la consideración de que puede utilizarse al enemigo en servicios provechosos si, amedrentado, se lo deja con vida. Entonces la violencia se contentará con someterlo en vez de matarlo. Es el comienzo del respeto por la vida del enemigo, pero el triunfador tiene que contar en lo sucesivo con el acechante afán de venganza del vencido y así resignar una parte de su propia seguridad.

He ahí, pues, el estado originario, el imperio del poder más grande, de la violencia bruta o apoyada en el intelecto. Sabemos que este régimen se modificó en el curso del desarrollo, cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero cuál camino? Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de varios débiles. «L'union fait la force». 

La violencia es quebrantada por la unión, y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único. Vemos que el derecho es el poder de una comunidad. Sigue siendo una violencia pronta a dirigirse contra cualquier individuo que le haga frente; trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia de un individuo la que se impone, sino la de la comunidad. 

Ahora bien, para que se consume ese paso de la violencia al nuevo derecho es preciso que se cumpla una condición psicológica. La unión de los muchos tiene que ser permanente, duradera. Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento. El próximo que se creyera más potente aspiraría de nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría sin término. 

La comunidad debe ser conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar ordenanzas, prevenir las sublevaciones temidas, estatuir órganos que velen por la observancia de aquellas -de las leyes- y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho.

En la admisión de tal comunidad de intereses se establecen entre los miembros de un grupo de hombres unidos ciertas ligazones de sentimiento, ciertos sentimientos comunitarios en que estriba su genuina fortaleza.

Opino que con ello ya está dado todo lo esencial: el doblegamiento de la violencia mediante el recurso de trasferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros. Todo lo demás son aplicaciones de detalle y repeticiones. 

Las circunstancias son simples mientras la comunidad se compone sólo de un número de individuos de igual potencia. Las leyes de esa asociación determinan entonces la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su fuerza como violencia, a fin de que sea posible una convivencia segura. 

Pero semejante estado de reposo {Ruhezustand} es concebible sólo en la teoría; en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad incluye desde el comienzo elementos de poder desigual, varones y mujeres, padres e hijos, y pronto, a consecuencia de la guerra y el sometimiento, vencedores y vencidos, que se trasforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la comunidad se convierte en la expresión de las desiguales relaciones de poder que imperan en su seno; las leyes son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a los sometidos. A partir de allí hay en la comunidad dos fuentes de movimiento en el derecho {Rechtsunruhe}, pero también de su desarrollo. 

En primer lugar, los intentos de ciertos individuos entre los dominadores para elevarse por encima de todas las limitaciones vigentes, vale decir, para retrogradar del imperio del derecho al de la violencia; y en segundo lugar, los continuos empeños de los oprimidos para procurarse más poder y ver reconocidos esos cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al contrario, de un derecho desparejo a la igualdad de derecho. 

Esta última corriente se vuelve particularmente sustantiva cuando en el interior de la comunidad sobrevienen en efecto desplazamientos en las relaciones de poder, como puede suceder a consecuencia de variados factores históricos. El derecho puede entonces adecuarse poco a poco a las nuevas relaciones de poder, o, lo que es más frecuente, si la clase dominante no está dispuesta a dar razón de ese cambio, se llega a la sublevación, la guerra civil, esto es, a una cancelación temporaria del derecho y a nuevas confrontaciones de violencia tras cuyo desenlace se instituye un nuevo orden de derecho. 

Además, hay otra fuente de cambio del derecho, que sólo se exterioriza de manera pacífica: es la modificación cultural de los miembros de la comunidad; pero pertenece a un contexto que sólo más tarde podrá tomarse en cuenta.

Vemos, pues, que aun dentro de una unidad de derecho no fue posible evitar la tramitación violenta de los conflictos de intereses. Pero las relaciones de dependencia necesaria y de recíproca comunidad que derivan de la convivencia en un mismo territorio propician una terminación rápida de tales luchas, y bajo esas condiciones aumenta de continuo la probabilidad de soluciones pacíficas. 

Sin embargo, un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra. 

Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista de una de las partes. No es posible formular un juicio unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas, como las de los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrarío, contribuyeron a la trasmudación de violencia en derecho, pues produjeron unidades mayores dentro de las cuales cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo orden de derecho zanjaba los conflictos. 

Así, las conquistas romanas trajeron la preciosa pax romana para los pueblos del Mediterráneo. El gusto de los reyes franceses por el engrandecimiento creó una Francia floreciente, pacíficamente unida. Por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz «eterna», ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores guerras. 

Empero, no es idónea para ello, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos; las unidades recién creadas vuelven a disolverse las más de las veces debido a la deficiente cohesión de la parte unida mediante la violencia. Además, la conquista sólo ha podido crear hasta hoy uniones parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos suscitaron más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de todos esos empeños guerreros sólo ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras.

Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted obtuvo por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses.

Evidentemente, se reúnen aquí dos exigencias: que se cree una instancia superior de esa índole y que se le otorgue el poder requerido. De nada valdría una cosa sin la otra. Ahora bien, la Liga de las Naciones se concibe como esa instancia, mas la otra condición no ha sido cumplida; ella no tiene un poder propio y sólo puede recibirlo sí los miembros de la nueva unión, los diferentes Estados, se lo traspasan. 

Por el momento parece haber pocas perspectivas de que ello ocurra. Pero se miraría incomprensivamente la institución de la Liga de las Naciones si no se supiera que estamos ante un ensayo pocas veces aventurado en la historia de la humanidad -o nunca hecho antes en esa escala-. Es el intento de conquistar la autoridad -es decir, el influjo obligatorio-, que de ordinario descansa en la posesión del poder, mediante la invocación de determinadas actitudes ideales. 

Hemos averiguado que son dos cosas las que mantienen cohesionada a una comunidad: la compulsión de la violencia y las ligazones de sentimiento -técnicamente se las llama identificaciones- entre sus miembros. Ausente uno de esos factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comunidad. Desde luego, aquellas ideas sólo alcanzan predicamento cuando expresan importantes relaciones de comunidad entre los miembros. 

Cabe preguntar entonces por su fuerza. La historia enseña que de hecho han ejercido su efecto. Por ejemplo, la idea panhelénica, la conciencia de ser mejores que los bárbaros vecinos, que halló expresión tan vigorosa en las anfictionías, los oráculos y las olimpíadas, tuvo fuerza bastante para morigerar las costumbres guerreras entre los griegos, pero evidentemente no fue capaz de prevenir disputas bélicas entre las partículas del pueblo griego y ni siquiera para impedir que una ciudad o una liga de ciudades se aliara con el enemigo persa en detrimento de otra ciudad rival. 

Tampoco el sentimiento de comunidad en el cristianismo, a pesar de que era bastante poderoso, logró evitar que pequeñas y grandes ciudades cristianas del Renacimiento se procuraran la ayuda del Sultán en sus guerras recíprocas. Y por lo demás, en nuestra época no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan a una acción contraria. 

Ciertas personas predicen que sólo el triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy muy lejos de esa meta y quizá se lo conseguiría sólo tras unas espantosas guerras civiles. Parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo por el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso. Se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia.

Ahora puedo pasar a comentar otra de sus tesis. Usted se asombra de que resulte tan fácil entusiasmar a los hombres con la guerra y, conjetura, algo debe de moverlos, una pulsión a odiar y aniquilar, que transija con ese azuzamiento. También en esto debo manifestarle mi total acuerdo. 

Creemos en la existencia de una pulsión de esa índole y justamente en los últimos años nos hemos empeñado en estudiar sus exteriorizaciones. ¿Me autoriza a exponerle, con este motivo, una parte de la doctrina de las pulsiones a que hemos arribado en el psicoanálisis tras muchos tanteos y vacilaciones?

Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas que quieren conservar y reunir -las llamamos eróticas, exactamente en el sentido de Eros en El banquete de Platón, o sexuales, con una conciente ampliación del concepto popular de sexualidad-, y otras que quieren destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de agresión o de destrucción. 

Como usted ve, no es sino la trasfiguración teórica de la universalmente conocida oposición entre amor y odio; esta quizá mantenga un nexo primordial con la polaridad entre atracción y repulsión, que desempeña un papel en la disciplina de usted. 

Ahora permítame que no introduzca demasiado rápido las valoraciones del bien y el mal. Cada una de estas pulsiones es tan indispensable como la otra; de las acciones conjugadas y contrarias de ambas surgen los fenómenos de la vida. Parece que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases puede actuar aislada; siempre está conectada -decimos: aleada- con cierto monto de la otra parte, que modifica su meta o en ciertas circunstancias es condición indispensable para alcanzarla. 

Así, la pulsión de autoconservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella necesita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su propósito. De igual modo, la pulsión de amor dirigida a objetos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento si es que ha de tomar su objeto. La dificultad de aislar ambas variedades de pulsión en sus exteriorizaciones es lo que por tanto tiempo nos estorbó el discernirlas.

Si usted quiere dar conmigo otro paso le diré que las acciones humanas permiten entrever aún una complicación de otra índole. Rarísima vez la acción es obra de una única moción pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta de Eros y destrucción. En general confluyen para posibilitar la acción varios motivos edificados de esa misma manera. 

Ya lo sabía uno de sus colegas, un profesor Lichtenberg, quien en tiempos de nuestros clásicos enseñaba física en Gotinga; pero acaso fue más importante como psicólogo que como físico. Inventó la Rosa de los Motivos al decir: «Los móviles {Bewegungsgründe} por los que uno hace algo podrían ordenarse, pues, como los 32 rumbos de la Rosa de los Vientos, y sus nombres, formarse de modo semejante; por ejemplo, "pan-panfama" o "fama-famapan"». 

Entonces, cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una serie ¿le motivos, nobles y vulgares, unos de los que se habla en voz alta y otros que se callan. No tenemos ocasión de desnudarlos todos. Por cierto que entre ellos se cuenta el placer de agredir y destruir; innumerables crueldades de la historia y de la vida cotidiana confirman su existencia y su intensidad. 

El entrelazamiento de esas aspiraciones destructivas con otras, eróticas e ideales, facilita desde luego su satisfacción. Muchas veces, cuando nos enteramos de los hechos crueles de la historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales sólo sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas; y otras veces, por ejemplo ante las crueldades de la Santa Inquisición, nos parece como si los motivos ideales se hubieran esforzado hacía adelante, hasta la conciencia, aportándoles los destructivos un refuerzo inconciente. Ambas cosas son posibles.

Tengo reparos en abusar de su interés, que se dirige a la prevención de las guerras, no a nuestras teorías. Pero querría demorarme todavía un instante en nuestra pulsión de destrucción, en modo alguno apreciada en toda su significatividad. Pues bien; con algún gasto de especulación hemos arribado a la concepción de que ella trabaja dentro de todo ser vivo y se afana en producir su descomposición, en reconducir la vida al estado de la materia inanimada. 

Merecería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte, mientras que las pulsiones eróticas representan {repräsentieren} los afanes de la vida. La pulsión de muerte deviene pulsión de destrucción cuando es dirigida hacia afuera, hacia los objetos, con ayuda de órganos particulares. 

El ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena, por así decir. Empero, una porción de la pulsión de muerte permanece activa en el interior del ser vivo, y hemos intentado deducir toda una serie de fenómenos normales y patológicos de esta interiorización de la pulsión destructiva. Y hasta hemos cometido la herejía de explicar la génesis de nuestra conciencia moral por esa vuelta de la agresión hacia adentro. 

Como usted habrá de advertir, en modo alguno será inocuo que ese proceso se consume en escala demasiado grande; ello es directamente nocivo, en tanto que la vuelta de esas fuerzas pulsionales hacia la destrucción en el mundo exterior aligera al ser vivo y no puede menos que ejercer un efecto benéfico sobre él. Sirva esto como disculpa biológica de todas las aspiraciones odiosas y peligrosas contra las que combatimos. 

Es preciso admitir que están más próximas a la naturaleza que nuestra resistencia a ellas, para la cual debemos hallar todavía una explicación. Acaso tenga usted la impresión de que nuestras teorías constituyen una suerte de mitología, y en tal caso ni siquiera una mitología alegre. Pero, ¿no desemboca toda ciencia natural en una mitología de esta índole? ¿Les va a ustedes de otro modo en la física hoy?

De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros fines inmediatos: no ofrece perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las inclinaciones agresivas de los hombres. Dicen que en comarcas dichosas de la Tierra, donde la naturaleza brinda con prodigalidad al hombre todo cuanto le hace falta, existen estirpes cuya vida trascurre en la mansedumbre y desconocen la compulsión y la agresión. 

Difícil me resulta creerlo, me gustaría averiguar más acerca de esos dichosos. También los bolcheviques esperan hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes de la comunidad. Yo lo considero una ilusión, Por ahora ponen el máximo cuidado en su armamento, y el odio a los extraños no es el menos intenso de los motivos con que promueven la cohesión de sus seguidores. 

Es claro que, como usted mismo puntualiza, no se trata de eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede intentarse desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra.

Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para combatir la guerra. Si la aquiescencia a la guerra es un desborde de la pulsíón de destrucción, lo natural será apelar a su contraría, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra. 

Tales ligazones pueden ser de dos clases. En primer lugar, vínculos como los que se tienen con un objeto de amor, aunque sin metas sexuales. El psicoanálisis no tiene motivo para avergonzarse por hablar aquí de amor, pues la religión dice lo propio: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». 

Ahora bien, es fácil demandarlo, pero difícil cumplirlo (ver nota). La otra clase de ligazón de sentimiento es la que se produce por identificación. Todo lo que establezca sustantivas relaciones de comunidad entre los hombres provocará esos sentimientos comunes, esas identificaciones. Sobre ellas descansa en buena parte el edificio de la sociedad humana.

Una queja de usted sobre el abuso de la autoridad me indica un segundo rumbo para la lucha indirecta contra la inclinación bélica. Es parte de la desigualdad innata y no eliminable entre los seres humanos que se separen en conductores y súbditos. Estos últimos constituyen la inmensa mayoría, necesitan de una autoridad que tome por ellos unas decisiones que las más de las veces acatarán incondicionalmente. En este punto habría que intervenir; debería ponerse mayor cuidado que hasta ahora en la educación de un estamento superior de hombres de pensamiento autónomo, que no puedan ser amedrentados y luchen por la verdad, sobre quienes recaería la conducción de las masas heterónomas. 

No hace falta demostrar que los abusos de los poderes del Estado {Staatsgewalt} y la prohibición de pensar decretada por la Iglesia no favorecen una generación así. Lo ideal sería, desde luego, una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa sería capaz de producir una unión más perfecta y resistente entre los hombres, aun renunciando a las ligazones de sentimiento entre ellos (ver nota). Pero con muchísima probabilidad es una esperanza utópica. 

Las otras vías de estorbo indirecto de la guerra son por cierto más transitables, pero no prometen un éxito rápido. No se piensa de buena gana en molinos de tan lenta molienda que uno podría morirse de hambre antes de recibir la harina.

Como usted ve, no se obtiene gran cosa pidiendo consejo sobre tareas prácticas urgentes al teórico alejado de la vida social. Lo mejor es empeñarse en cada caso por enfrentar el peligro con los medios que se tienen a mano. Sin embargo, me gustaría tratar todavía un problema que usted no planteó en su carta y que me interesa particularmente: ¿Por qué nos sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros? ¿Por qué no la admitimos como una de las tantas penosas calamidades de la vida? Es que ella parece acorde a la naturaleza, bien fundada biológicamente y apenas evitable en la práctica. 

Que no le indigne a usted mi planteo. A los fines de una indagación como esta, acaso sea lícito ponerse la máscara de una superioridad que uno no posee realmente. La respuesta sería: porque todo hombre tiene derecho a su propia vida, porque la guerra aniquila promisorias vidas humanas, pone al individuo en situaciones indignas, lo compele a matar a otros, cosa que él no quiere, destruye preciosos valores materiales, productos del trabajo humano, y tantas cosas más. También, que la guerra en su forma actual ya no da oportunidad ninguna para cumplir el viejo ideal heroico, y que debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción una guerra futura significaría el exterminio de uno de los contendientes o de ambos. Todo eso es cierto y parece tan indiscutible que sólo cabe asombrarse de que las guerras no se hayan desestimado ya por un convenio universal entre los hombres. 

Sin embargo, se puede poner en entredicho algunos de estos puntos. Es discutible que la comunidad no deba tener también un derecho sobre la vida del individuo; no es posible condenar todas las clases de guerra por igual; mientras existan reinos y naciones dispuestos a la aniquilación despiadada de otros, estos tienen que estar armados para la guerra. Pero pasemos con rapidez sobre todo eso, no es la discusión a que usted me ha invitado. 

Apunto a algo diferente; creo que la principal razón por la cual nos sublevamos contra la guerra es que no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas porque nos vemos precisados a serlo por razones orgánicas. Después nos resultará fácil justificar nuestra actitud mediante argumentos.

Esto no se comprende, claro está, sin explicación. Opino lo siguiente: Desde épocas inmemoriales se desenvuelve en la humanidad el proceso del desarrollo de la cultura. (Sé que otros prefieren llamarla «civilización».) 

A este proceso debemos lo mejor que hemos llegado a ser y una buena parte de aquello a raíz de lo cual penamos. Sus ocasiones y comienzos son oscuros, su desenlace incierto, algunos de sus caracteres muy visibles. 

Acaso lleve a la extinción de la especie humana, pues perjudica la función sexual en más de una manera, y ya hoy las razas incultas y los estratos rezagados de la población se multiplican con mayor intensidad que los de elevada cultura. 

Quizás este proceso sea comparable con la domesticación de ciertas especies animales; es indudable que conlleva alteraciones corporales; pero el desarrollo de la cultura como un proceso orgánico de esa índole no ha pasado a ser todavía una representación familiar (ver nota). 

Las alteraciones psíquicas sobrevenidas con el proceso cultural son llamativas e indubitables. Consisten en un progresivo desplazamiento de las metas pulsionales y en una limitación de las mociones pulsionales. Sensaciones placenteras para nuestros ancestros se han vuelto para nosotros indiferentes o aun insoportables; el cambio de nuestros reclamos ideales éticos y estéticos reconoce fundamentos orgánicos. 

Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que empieza a gobernar a la vida pulsional, y la interiorización de la inclinación a agredir, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien, la guerra contradice de la manera más flagrante las actitudes psíquicas que nos impone el proceso cultural, y por eso nos vemos precisados a sublevarnos contra ella, lisa y llanamente no la soportamos más. 

La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional, una idiosincrasia extrema, por así decir. Y hasta parece que los desmedros estéticos de la guerra no cuentan mucho menos para nuestra repulsa que sus crueldades.

¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan pacifistas? No es posible decirlo, pero acaso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a las guerras en una época no lejana. Por qué caminos o rodeos, eso no podemos colegirlo. 

Entretanto tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra (ver nota).

Saludo a usted cordialmente, y le pido me disculpe si mi exposición lo ha desilusionado.

Sigmund Freud 

………….
.
http://mobbingopinion.bpweb.net/artman/publish/article_512.shtml
.