“Elena Duarte tiene razón. Los salones de la escuela secundaria federal Lázaro Cárdenas del Río están desolados, vacíos, con muy pocos estudiantes. Todos en el pueblo, como en la escuela, temen que en cinco años la matrícula de alumnos sea de 25 por ciento. Las tierras son abandonadas, las casas permanecen desiertas, la iglesia existe "gracias a Dios" y las escuelas se han quedado sin alumnos. Estos son parte de los resultados negativos que se viven a consecuencia de la migración en aquellos pueblos donde "la soledad se impone, se siente", insiste Elena Duarte” la jornada dic 2005.
¡UNA SEÑAL!
¡Vámonos de aquí Gonzalo! Ya ves que esta tierra antes daba tepetate, ahora ni eso. ¡Andale vámonos! Porque al rato, estas arenas calizas nos van a tragar y ni para las cruces tenemos. Tú te fijaste Gonzalo, cuando pusimos la tienda de abarrotes se llenaba de gente. Por la noche, a cada rato nos tocaban. Y de día, en la sombra de este árbol grandote de pirúl -donde platicamos-, les gustaba refrescarse con cervezas, el calor de sus gargantas. Sí... pero hoy nadie viene por estos rumbos... ¿Cómo será eso? Si hasta las latas de chile se oxidaron. Vámonos, no sea que nos toque oxidarnos. Tu que vas a la escuela te diste cuenta, casi todos se han ido. Ya hasta me contaste que en los salones crecen muy rápido los musgos, y que los grillos les interrumpen la lección y se están jode y jode. El Profe Lupillo me avisó que de la capital le sentenciaron: “O, juntas más gente, o te cerramos la secundaria”. A este paso, tendrán que cerrar con la secundaria, también las vocales y el abecedario. A como lo veo, al profe Lupillo, le va mejor si lo largan de por acá.
Te lo digo Gonzalo, yo no creo en los espíritus, pero cuando voy por la calle libertad, los tacones de mis botas retumban en las paredes tiesas y se oye, como si muchos corrieran a perseguirme. Las casas están vacías, nadie quiere robarlas, se fueron hasta los ladrones. Te digo Gonzalo ¡Vámonos! Antes de que también nosotros resultemos abandonados y ya nadie se acuerde de nuestras almas. Déjame contarte Gonzalo, que el otro día fui a la iglesia de la Purísima, se oía clarito el silencio por entre las bancas. Me senté y me quedé dormido muchas horas, hasta que desperté cuando un pichón me tiznó la cabeza. Ni siquiera pude rezar. Ya no recuerdo si todavía tenemos cura. La soledad, Gonzalo, se impone, se siente. Mejor Vámonos.
¿Te acuerdas de Elena Duarte? Huyó de su tienda. Cómo extraño su sopa caliente de fideos. Entonces abundaban los abarrotes. Sí... te acuerdas que sí. Hasta me compré una camioneta para traer de Churumuco muchas pastas, azúcar, aceite, café, papel y vino... mucho vino. ¿Tú te acordarás? Para diciembre, muchas vueltas acarreando más de todo, más de mucho. No bien llegaba del viaje me decías “¡Córrele por otra carga!”. De tantas apuraciones, no dormía y me ponía bien flaco. “¡Que traite más vino para don Elías... rapidito!”-repetías a cada rato-. ¿Y yo? a las vueltas a Churumuco. Con el final de las fiestas me dormía por dos días seguidos para ahuyentar las desveladas. La calma de las tardes de enero y las sombras de los árboles del parque nos relajaban. Era la cantina de don Elías la plaza de los mayores, donde la copa y la platicada se metían en sal con rodajas de limón, para empujarlas con vasitos de tequila y ron -eso sí-, ¡sorbito a sorbito! en purificación de las penas.
Tú bien lo sabes. Todo paso, como cuando los tordos salen por la mañana de los árboles del parque, regresando para anidarse ya pardeando la tarde. Lo mismo pasó. Primero empezaron a irse los jóvenes pa’l norte, regresándose por acá, por allá de diciembre. Las camionetas iban y venían. Los bonches de gentes pasaban y pasaban con sus dineros. Se arremolinaban tanto en las calles, que su algarabía producía un sonido como del agua bajando por entre las piedras. Esas personas se saludaban por las calles y vestían ropas nuevas. Había más novios y novias. Crecía pues la muchachada. Bodas y bautizos, confesiones y misas, campanadas y rezos; más bautizos, más bodas. Crecía la muchachada. Corría el efectivo. El sonido de música norteña con altavoces estridentes, amartillaba los oídos y, todavía de noche muy noche, se prolongaba la briaga y el baile, para terminar en balaceras y difuntos. Eso sí, la fiesta se seguía en los sepelios. Pero así era, y seguiría siendo hasta que se acabara primero: el dinero o los difuntos.
Como aquella vez que llevaste a tu mamá Teresita a Morelia, para que le revisaran unas dolencias. Fue cuando se quedaron por allá cuatro días. Por la primera noche, me estaba apenas queriendo dormir, pero la música de unas bandas hacia rato tocaba aquí cerca, en la casa de Trine, el de los volteos de arena. Una banda tras otra se turnaba en la tocada: “El Juan Colorado”, “El Torito” y otras que impedían conciliar el sueño. En una de tantas adormiladas, ¡Zaz! Que suenan cuatro tronidos de pistola. Y en seco se paró la música. Todavía escuché un balazo más. ¿Qué pasó? –me dije-. No sé – me conteste-. Me quedé quieto y sosiego. Pasaron como 15 minutos, muy largos, muy densos. Todo silencio. Un leve quejido se escuchó. Después más pujidos, pero queditos. ¿Saldré? -me pregunté-. Sal con cuidado –me contesté-. Abrí lento la puerta. Ahí estaba: hincado como rezando quejidos y recargando la cabeza en este pirúl donde estamos platicando. ¿Qué te pasa muchacho? –pregunte-. Me duele mucho la espalda – dijo, casi sin decir-. Ya no dijo más, sólo resollaba. Lo subí con penas a la caja de la camioneta, y me jale rumbo a la clínica. Como a los doscientos metros de camino que me paran unos judiciales. Era el comandante Ramiro.
¿A dónde Lipe? –me dijo-.
Voy pa’l medico – dije yo-, encontré en el pirúl al muchacho con una herida en la espalda, lo llevo a que lo ayuden.
¡Tate sin cuidado Lipe! –me aseguro Ramiro-, nosotros lo llevamos pa’que lo curen y ya no sufra.
Tu mandas Ramiro – contesté-.
Lo cargaron livianito a la julia los tres judiciales. ¿Del muchacho? Algunos de sus rezos de quejidos se perdieron por el camino de esa camioneta. Con las mismas, volteaba yo mi camioneta pa regresarme, cuando escuché fuerte, cuatro traca-tracas. ¡Dios te ampare muchacho! Se acabo tu sufrir. Me llegue a la cama a dormir, no pude. Por la mañana, al comer mi plato de fideos calientes en la fonda de Elenita, supe entonces toda la historia. Que Lucha la hija de Natalia, la molinera, tenía dos novios: uno era Juanito el hijo del comandante Ramiro; el otro, era Pascual hijo de Benita la mondonguera; pero que Pascual estaba en el norte hace tiempo y ahora regresó. Esos tortolitos enamoraron su tragedia, y bailaron su destino con la muerte. Esa noche Pascual asesinó de cuatro plomazos a Juanito, pero al huirse, un amigo de Juanito le aventó un fogonazo por la espalda.
Dice la gente – me contó Elenita-, que Pascual logró escapar y aunque herido, andará muy lejos, porque nadie lo ha visto.
¿O tu que crees? –me preguntó Elenita-.
No, pues no sé, me dormí toda la noche – le rumoré-.
Así es la música de estas fiestas Lipe –aseguró Elenita-, son como campanas que llaman a misa de difuntos.
Triste, regresé a la tienda y me estuve con cuidado, tal cual dijo el comandante Ramiro. Hoy, a la distancia de los tiempos, con la calma por delante, se ve que esas vidas poco valieron para nadie. Lucha, la ingrata, se fue pa’l norte con otro que nunca tuvo velas en los entierros. En el camposanto nadie se acuerda de Juanito, ya nadie queda. ¿De Pascual? Ni quien sepa o quiera saber donde fue enterrado. Aquel ingrato día, sentí la pena y el dolor del comandante Ramiro: así como te cuento Gonzalo, menos de cinco, amigos de Ramiro, sabíamos de sus amores ocultos con Benita la mondonguera. Figúrate, Pascual lo mismo que Juanito, eran hijos del comandante Ramiro ¡Que pena! Y Tú y Yo, aquí tristiando, recargados en este pirúl.
Cuando regresaste de Morelia, tú bien te recuerdas cuando te dije: “vete pa’l norte con los muchachos”, y contestaste que no, que no ibas ha dejar que yo me cargara todo el trajín de la tienda. Te entendí Gonzalo, de veras que te entendí. Sábete que me tronchaste Gonzalo, a luego supe que me querías, que eras de ley. Fue precisamente ese tiempo, cuando nuestras tragedias se hicieron presentes. Un cáncer difícil consumió a tu mamá Teresita. El dolor nos encadenó a lo fatal. Murió aquella que era nuestros ojos. Nos quedamos ciegos. Nuestra mente enyerbada de angustia, veía como se consumían las velas del pueblo. ¡Y nosotros, sin poder hacer nada! Los jóvenes del norte empezaron a dejar de venir; se llevaron a sus novias y estas a sus hijos, y los hijos a sus abuelos. El comercio se acabó. Vendimos la camioneta. Nos comimos tu y yo el abarrote. Las norias se secaron y los cañaverales murieron con el trapiche. Unas pocas siembras de maíz quedaron abandonadas, como monumento a los que se fueron y, como maldición a los sentenciados a quedarse.
Como tú lo miras Gonzalo, el árbol de pirúl es macizo, tiene buenas raíces, pero pa´mi que algún día se va a secar, y no de viejo. Ya nadie saca agua de los pozos. Este pueblo se va a morir: la ausencia de risas carcomió sus raíces, aún resuella únicamente porque estamos aquí. El otro día, figúrate Gonzalo, buscaba a Zoila -la de la tía Juana-, para que me vendiera unas gallinas. Me fui por la calle de la soledad y vide a tata Chemo con su bastón, caminando lento, lerdo, como si midiera mosaicos, mismo así, como lo conoces desde que tienes uso de la razón. Se estaba repite y repite a lo quedito: “ Me dijo mi Tata Gudelio, que él se iba a morir, sólo para dejarme de herencia de ser yo el más viejo de ‘Monte Olivo’, y tantito después, mi Tata Gudelio se murió”. Y por la calle se fue el viejo repite y repite las mismas. Así como están las cosas, te aseguro Gonzalo, que Monte-Olivo se va morir tan siquiera para heredarle a Tata Chemo, en ser Él, el más viejo de ningún lado. Pero, de pronto, en la misma calle se cruzaron como 10 gatos corriendo por las banquetas. “Y hora que se traen estos” - pensé asustado-. Y diez más que salen de la otra calle. Y más y más de todos lados. Los seguí con prisas hasta Peña Roja ¿Tú sabes? Allá por donde están los agujeros de los areneros. Te lo juro Gonzalo, de veras no te miento: Como piedras estaban mas de 200 gatos, todos sin moverse. Es más, ni sus colas se meneaban. Aquello parecía un tiradero de gatos de todos los colores y formas, como si los hubieran abandonado muertos. ¡Pero no, estos estaban vivos! El silencio se agrandó, y mi pesada respiración a causa de la carrera, se fue acompasando hasta quedar silencia. De los agujeros -que tu sabes son muchos-, se escuchó una rascadera y un sonido, parecido a globos desinflándose, resonó y resonaba por todos lados. En escasos segundos, vi como se llenaba el campo de ratones y ratas saliendo en forma apresurada de por entre la tierra. De los gatos no vi movimientos: seguían todos quietos. Las ratas aquellas, empezaron a correr rumbo al cerro de las “Espinas”. Y mientras unas corrían, otras ratas salían de más agujeros huyendo todas juntas. De los gatos ni una meneada. De repente, los gatos se desentumieron y como si fueran panteras: asecharon primero, trotaron después y por último, emprendieron fugaz carrera tras del último ratón que les llevaba como treinta metros de ventaja. No supe dónde empezó y terminó la carnicería, porque solo vi que los gatos pararon sus colas como un dedo apuntando al cielo, corriendo tras los ratones hasta desaparecer como puntos entre los mezquites. ¿Tú que crees Gonzalo? ¿Que los gatos se comieron a los ratones? O, que gatos y ratones se acompañaron en su huida de este pueblo: ellos saben que está maldito ¿Qué más quieres de prueba Gonzalo? Ya vamonos.
De las siembras ¡Ni que contar! Las mazorcas son así de chiquitas, antes, hasta tenían pelos amarillos. Harto que se antojaban morder. La gente que siembra y corta maíz se fue pa’l norte. Ahora todo quedó abandonado. Los rastrojos y las varas secas del maíz solo sirven para que se escondan los perros y de tantos que hay, se ponen rabiosos. Como aquel que te mordió Gonzalo. Nunca lo creíste, pero esa perra pinta tenia rabia. Siempre te lo dije: ¡vamos pa’l medico! Pero tú me recordaste que hacia mucho no teníamos uno aquí en Monte-Olivo. Y que si en Churumuco lo tuvieran, de todas formas serían muchas horas caminando. Y que si no lo tuvieran, serían más horas de más dolor. Y que si te llegaba la rabia en medio del monte ¿Que haría yo para controlarte? De todas formas Gonzalo, te moriste con muchos gritos. Hasta tuve que darte un escopetazo pa’que dejaras de sufrir. Solo me decías, en medio de ese infierno que te quemaba: ¡Matame Papacito...! ¡Mátame por favor... Papacito! ¡Matame... Papacito! Las lágrimas que soltabas, allí amarrado en el suelo, fueron las que me troncharon Gonzalo. Así como naciste de mi carne; así mismo te moriste. ¡Por mi mano!
Por eso te lo digo Gonzalo, ¡Vámonos de aquí! Tan siquiera dame una señal de que tu alma se va ha quedar untada con la mía para caminar como una sola, juntos como siempre. ¡Te lo suplico... Gonzalo! Dame una señal. No ves que en este pueblo hasta las almas se están acabando, no sea que las nuestras también se vallan y nos quedemos muertos y sin nadie. Por eso digo Gonzalo ¡Vámonos!
Enero 2006