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jueves, 27 de mayo de 2010

El gato, la rata y el martillo... Lorenzo Meyer.

LADRILLAZO

Agenda Ciudadana
Lorenzo Meyer
El gato, la rata y el martillo
Jueves, 27 de Mayo de 2010

Pudimos haber sido de avanzada en la política contra las adicciones, pero Estados Unidos nos paró en seco hace setenta años y hoy son ellos los que se presentan como innovadores. Una pequeña anécdota ilustra bien lo que le pasó a México con un intento imaginativo de administrar la drogadicción. Al tratar de auxiliar a un gato que había acorralado a una rata, alguien lanzó un martillazo pero de tan mala manera que en vez de pegarle a la rata le pegó al gato; el resultado fue que ese felino nunca más volvió a intentar cazar roedores.

Pues bien, en los 1930, México empezó a diseñar una política propia e innovadora en relación al consumo de drogas, con un enfoque no del todo distinto al que hoy propone el presidente Barack Obama, pero un martillazo lanzado desde Washington en 1939 hizo que el innovador no volviera a intentarlo.

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EL TEMA

En su discurso del 20 de mayo ante el Congreso de Estados Unidos, Felipe Calderón felicitó al presidente norteamericano por su reciente iniciativa para reducir el consumo de drogas en su país, el mayor demandante de esos productos ilegales. Si Calderón hubiera acudido a la historia, hubiera tenido que observar que el enfoque de Obama tenía antecedentes en México. Aunque claro, eso no hubiera cuadrado con su actual política sobre el tema, que sigue apegada a la que tradicionalmente Washington ha alentado en el exterior: prioridad al combate a la producción y distribución de drogas, lo que ha conducido al violento callejón sin salida donde nos encontramos hoy.

EL PROYECTO FRUSTRADO

El cardenismo fue un entorno propicio para imaginar formas de mejorar la situación de las clases mayoritarias. Sin embargo, la disparidad de poder entre México y el vecino del norte y una relación bilateral ya afectada por la expropiación petrolera de 1938 y que qué había tensado al máximo las variables que le daban forma, llevaron a que las autoridades sanitarias de nuestro país abandonaran sus intentos por diseñar una política propia frente a los drogadictos, una que sin dejar de combatir la producción y trasiego, ponía el acento en el control y tratamiento de la adicción.

El proyecto mexicano fue idea del doctor Leopoldo Salazar Viniegra, responsable de la Dirección de Toxicomanía y estudioso de los efectos de la marihuana en la conducta del adicto. De su investigación concluyó, en contra de lo afirmado por Harry J. Aslinger, Comisionado de la Oficina Federal de Narcóticos (FBN) del gobierno de Estados Unidos, que esa substancia, por sí misma, no convertía a sus usuarios en dementes ni menos les inducía directamente a seguir conductas de violencia criminal. Salazar Viniegra no sólo atacó las ideas prevalecientes sobre una planta que se consideraba maléfica pero que él suponía que también podría ser útil en la industria textil, sino que fue más lejos. Para impedir que los adictos a las drogas -los "viciosos"- se convirtieran realmente en criminales en su afán por obtener los recursos para comprar los narcóticos en un mercado controlado por narcotraficantes -mercado aún pequeño- él mismo, como médico, firmó recetas para que varios adictos adquirieran sus drogas en farmacias, es decir, en el mercado legal. Su idea era que el Estado se organizara para proporcionar pequeñas dosis de droga a los toxicómanos -vía el Hospital de Toxicómanos, por ejemplo- mientras se les hacía participar en un proceso de rehabilitación, (Luis Astorga, El siglo de las drogas, 1996, pp. 43-46, 50-55). Despenalizar bajo supervisión el consumo individual de sustancias como la marihuana, la heroína y la cocaína, quizá hubiera abierto la puerta a un tipo de relación positiva entre autoridades y toxicómanos y la hubiera cerrado a la relación entre estos últimos y los narcotraficantes. Esto no hubiera resuelto el problema mismo, como no se ha resuelto el del alcoholismo o el tabaquismo, pero sí hubiera permitido administrarlo de manera menos violenta y más constructiva de lo que finalmente fue.

El México al concluir el proceso del cambio revolucionario, fue uno de los países que más problemas presentó a la política antidrogas diseñada por Estados Unidos, cuyos cimientos fueron los acuerdos de Shanghái y de La Haya de 1909 y 1912 respectivamente, y cuya meta era acabar con la drogadicción prohibiendo y combatiendo la producción y comercialización de las drogas. Por tanto, a partir de 1930 el FBN se encargó de presionar por la vía diplomática y pública a México, hasta que logró, entre otras cosas, que en agosto de 1939 Salazar Viniegra fuera despedido como responsable de la política hacia los drogadictos y reemplazado por alguien que siguió las líneas demandas por Washington, (Encyclopedia of the New American Nation, Narcotics Policy).

En México ha revivido la idea de despenalizar el uso de montos mínimos de droga, pero esa ya no es la política central ni tiene la audacia de la propuesta original de Salazar Viniegra que hacía del Estado el regulador del consumo de un usuario al que, además, buscaba rehabilitar.

LA PROPUESTA DE OBAMA

En el documento de 117 páginas que el presidente norteamericano presentó el pasado día 11, titulado "Estrategia nacional para el control de drogas, 2010" (National Drug Control Strategy, 2010), se señala que cada día 8 mil norteamericanos consumen por primera vez alguna droga prohibida y que corren el peligro de incorporarse a los 20 millones de sus conciudadanos que ya usan ese tipo de sustancias y de los cuales 7.6 millones son drogadictos duros. Evitar esa "primera vez" o cortar esa conducta en sus etapas iniciales, es el centro de una nueva política que considera el uso de drogas una enfermedad con bases biológicas, como el alcohol.

En la introducción del documento de Obama se señala que si bien el gobierno mantiene su decisión de combatir la producción y tráfico de drogas, especialmente en la frontera sur, se ha ordenado a la agencia responsable de la política antidrogas, la ONDCP, que rediseñe su enfoque en las áreas de prevención y tratamiento de las adicciones de aquellos que lo soliciten. A esto, el presidente norteamericano le llamó un enfoque balanceado. Según los apéndices, del gasto total de Washington en su lucha contra las drogas, y que ascenderá a 15, 552 millones de dólares en 2011, el 36% se dedicará a las áreas de prevención y tratamiento, lo que en realidad es apenas un modestísimo aumento de 0.6% respecto de 2009. Sin embargo, en este enfoque destacan las campañas de convencimiento y de rehabilitación, pues la meta ya no es sólo acabar a sangre y fuego la estructura de proveedores sino también atacar el corazón del mercado de drogas prohibidas por el lado de la demanda, disminuyendo la clientela del mercado ilícito.

La propuesta también es modesta en términos cuantitativos, pues busca reducir el universo de consumidores en sólo 15% en los siguientes cinco años, especialmente entre los jóvenes y los usuarios sistemáticos. La idea central es prevenir la adicción mediante la continuación de las políticas tradicionales de combatir la producción y comercialización de las drogas dentro y fuera de Estados Unidos pero, a la vez, creando o reforzando la información y detección temprana de uso de sustancias que conducen a la adicción, aumentando la calidad y cantidad de los programas para tratar a los ya adictos -tratamiento individual, familiar y colectivo- así como el desarrollo de sustancias que los programas médicos puedan ofrecer para sustituir a la droga misma.

CONCLUSIONES

Obviamente, una conclusión tiene que ver con los costos de una soberanía limitada. En este caso, la presión norteamericana impidió a México intentar una política que permitiera a los enfermos de adicción a las drogas sobrevivir sin tener que caer en una relación de dependencia frente al crimen organizado. En segundo lugar, el que México tendría que aprovechar el enfoque de Obama para repensar su propio esquema de la política antidrogas y volver a considerar las posibilidades de dar la prioridad a la descriminalización y al tratamiento por sobre el enfoque tradicional que impuso Estados Unidos al mundo en el pasado.

Finalmente, el doctor Salazar Viniegra hubiera apoyado el enfoque del presidente Obama, lo hubiera considerado un triunfo personal sobre el dogmático y poco imaginativo Aslinger, que tras su larga estadía al frente del FBN, dejó como herencia hacer del combate a la oferta de drogas el eje de la estrategia nacional e internacional de Washington en detrimento de la alternativa no violenta: erosionar la demanda por la vía del Estado como educador y responsable del tratamiento.

RESUMEN:

"La ‘nueva política’ del presidente Obama en relación a las drogas, no estan nueva. Se parece a la que México intentó en los 1930 pero que entonces Washington combatió".

agenda_ciudadana@hotmail.com

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jueves, 15 de abril de 2010

Lorenzo Meyer y las perspertivas...

.Agenda Ciudadana
Lorenzo Meyer
Jueves, 15 de Abril de 2010

Un gran problema y las perspectivas disponibles

Mientras se recupera, aprovechemos para releer a Carlos Monsiváis

EL TEMA

Problemas como el narcotráfico son muy difíciles de solucionar, entre otras cosas, porque la explicación de su origen, desarrollo, efectos y perspectivas es muy complicada. En estos días, los mexicanos hemos estado expuestos a puntos de vista variados sobre un tema que en la práctica se traduce en miles de muertos anualmente, producción y tráfico de sustancias ilegales con valor de miles de millones de dólares, presiones externas y posiciones contradictorias en torno a qué tan viable, fallida o exitosa es la estrategia que están siguiendo hoy los gobiernos de México o de Estados Unidos para enfrentar el problema.

 Desde la perspectiva de "Los Pinos", la cuestión hoy es simplemente persistir en la "guerra contra el narcotráfico" y no dejarse intimidar por una "ridícula minoría montada sobre el miedo" y que, supuestamente, ya está acorralada por las fuerzas del Estado, pero que en su "desesperación" recurre a la matanza cotidiana como gran finale, (más de 2 mil 900 muertos en lo que va del año). En contraste, y desde la perspectiva de uno de los dirigentes de los mayores cárteles del narcotráfico, "El Mayo" Zambada, la guerra declarada en su contra por el gobierno le afecta pero no al grado de sentirse derrotado. Al contrario, ese capo que lleva más de cuarenta años desafiando a "las fuerzas del orden", asegura que, como él y los suyos han tenido tiempo para echar raíces –desde los 1940 en México el narcotráfico es ya un negocio más redituable que perseguido-, ahora la producción, procesamiento, transporte y distribución de drogas es una actividad que involucra a millones de mexicanos y que está tan imbricada en la sociedad como la centenaria corrupción que la ha prohijado. Desde este enfoque, la captura o eliminación de un capo casi le resulta funcional al crimen organizado pues le ayuda a llevar adelante el proceso de renovación de sus cúpulas, pues todos los jefes tienen ya operando a quienes les pueden sustituir en caso de ausencia permanente, ( Proceso, N° 1744).

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UNA VISIÓN DESDE

EL "VECINO DISTANTE"

Stratfor es una firma de análisis estratégico global con sede en Austin Texas, que en días pasados puso en línea una interpretación sobre las causas y efectos del narcotráfico en México. Un análisis titulado "Mexico and the failed state revisited", del pasado 6 de abril –tras la llamada Reunión de Alto Nivel entre los responsables mexicanos y norteamericanos de combatir al tráfico binacional de drogas- y firmado por George Friedman, sostiene que nuestro país no es un "Estado fallido" pese a que los narcotraficantes le han arrebatado el control sobre el tercio norteño de su territorio (¡el control de la zona geográficamente más estratégica y con los mayores índices de desarrollo!). Sin embargo, sus razones para concluir que el nuestro no es un Estado fallido no son las mismas que esgrimen las autoridades de la Ciudad de México o de Washington, sino otras muy distintas y con terribles implicaciones: México no tiene un Estado fallido, sino que ese Estado –sus clases dirigentes y su economía nacional- ya ha hecho del narcotráfico una de sus razones de ser. Lo que algunos ven como indicador de un gran fallo -el creciente poder del crimen organizado-, para Friedman no es más que una consecuencia ya aceptada y asimilada, de una actividad ilegal pero muy redituable lo mismo para los criminales que para funcionarios, empresarios e incluso para ciudadanos de a pie.

UNA INCOMPETENCIA MUY RACIONAL

Para Friedman, la realidad mexicana muestra que su Estado, régimen y gobierno, tienen una conducta muy racional, pues "han desarrollado estrategias para, por un lado, capear la tormenta [causada por los narcotraficantes] y por el otro sacar beneficio de ella".

Y es que el narcotráfico es muy redituable –en el caso mexicano, se trata de una actividad valuada entre los 35 mil y los 40 mil millones de dólares anuales- montada en una cadena de producción muy simple y que se hace con insumos básicamente locales. Pero justamente por tratarse de un comercio ilegal los precios del producto son altos. La competencia entre los cárteles no consiste en abaratar el producto y reducir el margen de ganancia para sacar al otro del mercado, como sería en el caso del comercio legal, sino en apropiarse a sangre y fuego de la cadena de distribución del competidor. Por tanto, la ferocidad del combate entre cárteles nada tiene que ver con la supuesta "desesperación" de los "acorralados" de la que habla el gobierno, sino con la lógica interna de mercado tan peculiar.

Por lo relativamente simple de la producción de las drogas prohibidas y su alto precio, Friedman calcula que la tasa de ganancia en esa actividad en México asciende al 80% del valor total del producto, es decir, de 28 mil a 32 mil millones de dólares anuales. Para obtener un beneficio igual en la exportación de productos normales (autos, hortalizas, refrigeradores o computadoras) nuestro país debería lograr exportaciones anuales de más o menos 300 mil millones de dólares adicionales a los 230 mil millones en que se calcula el valor de las exportaciones de bienes legales en este año.

Desde la perspectiva del analista de Stratfor, no es sólo a personajes como "El Chapo" a quienes no les conviene que se llegue a poner fin a este enorme flujo de divisas producto de las exportaciones ilegales, sino que tampoco le conviene a la dirigencia política, a los lavadores de dinero, a los banqueros ni, finalmente, al conjunto de la economía mexicana que desde hace mucho no tiene el brío que le permita absorber legalmente toda la mano de obra que ingresa al mercado laboral.

LA RELACIÓN CON LA

GRAN POTENCIA DEL NORTE

Desde la perspectiva de Friedman, si las fuerzas de seguridad mexicanas no capturan a los capos de la droga ni retoman el control de Ciudad Juárez o Rey-nosa, no es por falta de equipo, entrenamiento o liderazgo, sino porque va en contra de sus intereses. Finalmente, lo que ocurre en México "no es [producto de la] incompetencia sino de una política nacional racional". Los dirigentes mexicanos no desean pagar el alto costo que implica intentar resolverle a Estados Unidos el problema social que les representa su población adicta a drogas ilícitas. Es sólo por razones de política con Washington que las autoridades mexicanas tienen que hacer como si realmente su meta fuera acabar con la producción y trasiego de drogas, pero la realidad es la opuesta.

Aceptar el diagnóstico de Friedman obligaría a Estados Unidos a confrontar "un problema estratégico". En teoría, Washington tiene cuatro caminos a seguir. Uno es acabar con la demanda de drogas entre sus ciudadanos, otra es legalizar su uso, la tercera es actuar directamente en y sobre México y la cuarta es mantener el status quo, es decir, administrar el problema pero sin pretensiones de resolverlo.

Para Friedman, no hay posibilidad de que Estados Unidos acabe por las buenas o las malas con la demanda de drogas entre sus ciudadanos ni tampoco que dé un viraje ideológico de la magnitud que implica despenalizar el consumo de las mismas. Una intervención norteamericana más directa en México es simplemente impensable (ya a fines del siglo XIX Washington contempló y desechó la ocupación del norte de México para acabar con el abigeato y el contrabando porque esa presencia directa crearía más problemas de los que resolvería). Entonces, lo único que le queda es seguir con más de lo mismo: administrar el problema, aunque sostener en el discurso que la cooperación México-Estados Unidos en el combate a las drogas ha entrado en un estadio superior y que la "Iniciativa Mérida" realmente está dando los resultados esperados.

¿QUÉ HACER?

El contraste entre Ciudad Juárez –una de las urbes más violentas- y su vecina norteamericana, El Paso –una de las urbes más pacíficas-, muestra que en Estados Unidos el problema del narcotráfico aún no interfiere con la vida cotidiana ni impide el buen funcionamiento de las estructuras de seguridad. Sin embargo, y en contraste con lo que opina Friedman, dada la enorme debilidad institucional y corrupción en México, el narcotráfico es un daño social y político cotidiano al corazón mismo del proyecto nacional. Estados Unidos, por fuerte, puede tolerar el narcotráfico y sus consecuencias, pero México, justo por su debilidad, no puede darse ese lujo so pena de continuar su viaje por la espiral del Estado fallido, lo que, en algún punto también obligaría a Estados Unidos a tratar a su vecino del sur como un problema de seguridad nacional, lo que haría perder a México su independencia relativa y lo retrotraería a etapas y condiciones que se suponían que habían sido superadas.

RESUMEN

"Hay interpretaciones sobre la naturaleza de la lucha contra el narcotráfico que, francamente, dan escalofrío".

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.agenda_ciudadana@hotmail.com

sábado, 15 de agosto de 2009

Violencia comparada...Por Meyer Lorenzo.

AGENDA CIUDADANA
Violencia comparada
Lorenzo Meyer
13 Ago. 09

Aunque lejanos en geografía y cultura, Afganistán y México comparten un problema estructural. La violencia fuera de control

Los violentos

¿De dónde salen esos individuos que se organizan para imponer sus intereses e ideas a toda una sociedad y que para ello están dispuestos a jugarse la vida y enfrentar con máxima violencia a ciudadanos y Estado? ¿En dónde se forman los miembros de la mafia o los talibanes, los "maras" o los "zetas"? Es posible que ciertos individuos sean naturalmente proclives a la violencia, pero los socialmente importantes son los violentos por formación y organizados como resultado de injusticias, corrupción y fracasos políticos.

Talibanes

Un ejemplo actual y extremo de organización violenta surgida del seno de una cultura fuerte son los talibanes (estudiante es la raíz árabe del término), un grupo de raíz religiosa que evolucionó de la lucha afgana contra la ocupación soviética y que hoy está poniendo en jaque a Estados Unidos. ¿En dónde se recluta y se motiva a esos millares que desde la derrota soviética en las montañas de Afganistán en 1989 combaten con ferocidad a su gobierno y a las fuerzas de la OTAN para obligar a su sociedad a adoptar como marco legal a la sharía, es decir, al conjunto de principios que conforman la ley islámica? Es claro que la parte central de la formación de esos combatientes no es su entrenamiento militar sino la concepción del mundo que les llevó a suponer que tienen el deber, el derecho y la posibilidad de imponer su modo de vida.

Los talibanes han adquirido su visión del mundo en un tipo de institución religiosa: en escuelas islámicas -madrasas- que recogieron a millares de huérfanos producto de la brutal guerra de los mujahideen contra los soviéticos, y donde, como resultado de la guerra civil y de la ocupación extranjera que destrozaron el tejido social, empezaron a dominar ideas radicales en torno a un Islam "duro", como única vía para regenerar lo destruido. Estas madrasas reclutaron a sus estudiantes de entre los afganos más desprotegidos, a una edad temprana y les dieron una instrucción religiosa ascética e intolerante. El resultado fue su conversión en militantes dispuestos a participar en una lucha armada sin cuartel hasta destruir una sociedad islámica corrupta y, por tanto, a su Estado, y sustituirlo por otro donde la sharia sea el camino para la purificación colectiva.

Nuestros violentos

Hoy en México se vuelve a vivir un ambiente de violencia como el que dominó durante épocas largas del siglo XIX, en los peores momentos de la guerra civil revolucionaria (1910-1920), durante la "guerra cristera" o cuando la "guerra sucia" asoló a Guerrero y a ciertas zonas urbanas. Esta nueva violencia mexicana está ligada al crimen organizado, en especial al narcotráfico, va en ascenso, causa enorme consternación interna y ya es tema de preocupación fuera de nuestras fronteras (ejemplos recientes son: Newsweek en Español, 27 de julio, o The Washington Post, 28 de julio).

En ámbitos nacionales y extranjeros se subraya que en lo que va de la actual administración las víctimas de la lucha entre las organizaciones del crimen organizado o del choque entre éstas y las fuerzas del gobierno ya superaron los 12 mil muertos. Se trata de un enfrentamiento que hace mucho rebasó las capacidades de las policías local o federal y que ahora involucra por necesidad a la última línea de defensa del Estado: al Ejército y a la Armada. En algunos ámbitos ya se habla de una "narcoinsurgencia".

La fuente de la violencia

El mundo talibán surgió de la destrucción brutal y la descomposición de una sociedad tradicional que ya no fue sustituida por nada equivalente. Es más, surgió de una sociedad donde la descomposición se dio de la mano del cultivo del opio, una de las pocas formas disponibles de los afganos de engancharse con los mercados externos, con la globalidad. Y todo ello enmarcado por una creciente intolerancia religiosa que justificó la continuación del terror preexistente como la forma natural de imponer un pensamiento único a una sociedad víctima, por un lado, de gobernantes corruptos y, por el otro, de potencias extranjeras.

En México, la violencia actual también tiene atrapada a la sociedad en un entramado formado, de un lado, por una estructura social caracterizada por una desigualdad tradicional y creciente, dominada por una élite del poder dispuesta a defender por todos los medios sus privilegios y sin importar su inequidad, dirigida por una clase política corrupta e inepta y, por el otro, por un crimen organizado cada vez más empoderado, que secuestra, asesina y tortura haciendo gala pública de brutalidad.


Madrasas a la inversa

En el caso mexicano el tejido social no lo ha destruido ninguna guerra civil o de intervención, sino algo menos dramático pero igualmente efectivo: un rotundo fracaso económico cuyo origen se remonta a principios de los 1980, una corrupción pública y privada sistemática y creciente, una pobreza endémica en ascenso, un mercado externo gigante para drogas ilícitas y un sistema político que, pese al supuesto cambio de autoritario en democrático, sigue sin ligar a la sociedad con la autoridad y sin dar un sentido a la vida colectiva. Por otro lado, la religión organizada tampoco ha podido o querido jugar un papel significativo como motor de algún tipo de cambio cultural o social.

En México, la violencia organizada es netamente criminal y no es producto de nada que se parezca a un proyecto político a la talibán, pero bien visto, resulta que sí hay un cierto equivalente en las instituciones que preparan a los jóvenes para la vida extrema y violenta, aunque juegan ese papel no tanto por lo que se proponen hacer sino por lo que no hacen.

Y es que en México el sistema educativo oficial, especialmente al nivel masivo, el que encuadra al grueso de los jóvenes que provienen de las clases populares, es tan ineficaz para trasmitir los conocimientos que son su supuesta razón de ser -en parte por falta de recursos y en parte por irresponsabilidad y corrupción- que en la práctica forma a jóvenes que salen sin la preparación que les permita su ascenso social. Y esto ocurre en un escenario de falta de empleo y de un crecimiento económico que de raquítico pasó a ser un decrecimiento espectacular.

Los indicadores nos dicen que en 2005 México tuvo un gasto anual por estudiante en todos los niveles académicos de 2,405 dólares, lo que equivalió apenas a un tercio de la media de los países de la OCDE. Ese monto no estaría tan mal si el sistema educativo tuviera una calidad equivalente, pero la prueba PISA del 2006 nos dice que entre los 31 países medidos por la OCDE en su capacidad de lectura, matemáticas y ciencias nuestros estudiantes estuvieron en el 10% más bajo. Esos estudiantes mal preparados salen a un mundo donde la economía formal simplemente no los puede absorber y donde la informal, que es su salida más realista, ya está saturada. La migración indocumentada a Estados Unidos ha sido desde hace años la alternativa de trabajo -los mexicanos constituyen el mayor número de migrantes internacionales en el orbe-, pero ahora está disminuyendo su importancia por efecto de los obstáculos que le ponen el gobierno y la crisis de los norteamericanos. Si la migración neta en el 2006 fue de 547 mil, la del año pasado apenas llegó a 203 mil, según el Pew Hispanic Center. Todo esto, combinado con desigualdad y pobreza crecientes -lo dicen las cifras oficiales del INEGI- más un grado notable de impunidad (menos del 5% de los crímenes denunciados se resuelven) y un narcotráfico que mueve sumas impresionantes -entre 8 y 30 mil millones de dólares anuales-, termina por constituir la "tormenta perfecta" para que muchos jóvenes decidan que su mejor opción es vivir violentamente, unirse al crimen organizado y ser parte de la "narcoinsurgencia".

Las cifras oficiales aseguran que además de los miles de asesinados, la "guerra contra el narcotráfico" ha desembocado en más de 76 mil arrestos durante el gobierno de Calderón (The Washington Post, 28 de julio). El número es alto pero, a la vez, insignificante si se le compara con los millones de desempleados o mal pagados de los que el crimen organizado puede echar mano. Quizá nuestra violencia no es tan grave como la afgana, pero su raíz y solución son complejas. Al final, tanto Osama bin Laden o El Chapo Guzmán siguen operando porque una parte de la sociedad los ha hecho suyos y los protege.

Las condiciones que crearon y sostienen a talibanes o narcos son de carácter estructural y casi imposibles de modificar a corto plazo. Sin embargo, es obligación de nuestra época intentar desmontar este tipo de embrollo y para ello hay que echar mano de algo más realista que la mera fuerza militar. La solución debe ser política, social y económica.