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viernes, 18 de noviembre de 2011

Sor Juana... Una monja sui generis...


Sor Juana inmortal
José Cueli
E
se rompecabezas al que le falta una pieza que guarda secretos que decía Octavio Paz es buscada por las autoridades del Claustro de Sor Juana (Carmen Beatriz López Portillo, Carlos Gutiérrez Vidal, Sandra Lorenzano y otros) en la reconstrucción de la celda de la monja, inaugurada la noche del sábado pasado para celebrar el 386 aniversario de su nacimiento.
A su vez Héctor Pérez Rincón publica en la revista Salud Mental, órgano oficial del Instituto Nacional de Psiquiatría, el trabajo De retratos, bellos y monjas en que busca la pieza que… los estudiosos y los enamorados de Sor Juana han experimentado siempre: el deseo hasta ahora insatisfecho, de poder contemplar cómo fue realmente el modelo que sirvió de inspiración a tantos encendidos poemas dedicados a la condesa Maria Luisa de Paredes, del que es paradigma el esdrújulo Lámina sirva el Cielo al retrato.
Dice Pérez Rincón: “Sin duda uno de los poemas eróticos más intensos de la lengua española. ¿Cómo serían en la realidad esa angélica forma, esasLámparas, tus dos ojos, Febeas que arrojan:/ pólvora que, a las almas que llega,/ Tórridas, abrazadas transforma? ¿Cómo ese Transito a los jardines de Venus, descripción casi salomónica de un cuello femenino¿ ¿Cómo ese Cúmulo de primores tu talle,/ dóricas esculturas asombra, etcétera, que se supone la describían? El deseo expresado por don Antonio Alatorre Ojalá algún día se localice, en México o en España, un retrato de María Luisa.
En Sor Juana Inés de la Cruz tienen un encanto singular los grandes horizontes femeninos, los pasajes amorosos sin límite, los versos escritos al coro vespertino del rezo pleno y la penitencia cotidiana en la mesa de su celda del convento. En todas esas extensiones de la mente la monja viajaba, entre imágenes, sin que nunca hallara un obstáculo, una línea, la huella de una sombra que le dijera: de aquí no pasarás a pesar de los muros del claustro, desplazamiento de las barreras del discurso femenino de la época.
Muchas veces he pensado la forma en que Sor Juana, la niña pueblerina, sobredotada, franqueó los puentes de la represión y abarcó el mundo de afuera desde su interior, con sus ojos de águila, alzando el vuelo sobre la azotea del claustro, contemplando no el haz de la tierra sino el tronco de su mujer postrada, desdoblándose en múltiples imágenes convertidas en suavísimas curvas, ásperas cumbres de su poesía, desvanecidas como si fuesen azuladas venas los cursos de sus asociaciones, apenas acusadas como dormido relieve de músculos en reposo, frente a las presiones energéticas de la alta clerecía, los rompimientos más severos a su seguridad y prestigio.
Leyendo los versos de la monja o Las trampas de la fe, de Octavio Paz, o los escritos de Margarita Peña, adivino, presiento el escalofrío de lo sublime que debe haber vivido la religiosa, al registrar esas contemplaciones de su imaginería, acompañadas de una musicalidad que atraía a su cuerpo todo el espíritu, porque un sonido musical llamaba a otro, y una letra a otra letra, en sus orgías sinfónicas a solas con los deseos; su ser, objeto del deseo masculino. Que abría un nuevo lenguaje femenino saltaba las barreras del claustro y dejaba a su monja postrada, rezando los réquiem.
He llegado a sospechar, en los versos de la monja, un descubrir de la belleza que se hallaba en lo oculto, de su mente imposible de luz, donde lo escondido aparecía como ráfaga de milagrería, en sonetos naturales llenos de detalles en los que coloreaba lo que se le negaba de vida en trozos de letras sonoras robadas por su mirada a las manchas inoportunas de lo reprimido, lo misterioso, lo difícil, lo imposible, la carencia, es decir, el más allá. Lo que sólo alcanzaba con el deseo. Lo que había en su mente detrás de la confusa línea de su cuerpo. Más allá de su senos, más allá de su sexualidad. En el sueño detrás de los párpados.

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