
¿Qué os puedo explicar de Charles Darwin que no sepáis ya? Le he dedicado varios artículos en 1, 2 y 3. No obstante, me habían quedado unos apuntes desordenados que no encajaban en ninguno de ellos y que se hubieran quedado en el baúl de los recuerdos de no ser porque tengo la excusa perfecta: el 200 aniversario de su nacimiento. Dichos apuntes hablan de lo que opinaban sus hijos sobre él y de sus conflictos con la religión.
En su autobiografía, sir Francis Darwin, uno de sus hijos, habla de sus recuerdos sobre nuestro hombre. Y la verdad, ojalá algún día mis hijos hablaran así de mí. Son palabras de pura admiración como científico, como persona y como padre. Absolutamente demoledoras:
Con sus hijos mantenía una encantadora manera de expresar su agradecimiento. Jamás le escribí una carta, o le leí una página en voz alta, sin recibir a cambio unas palabras de reconocimiento. Su amor y bondad hacia su pequeño nieto Bernard eran inmensos; y a menudo hablaba del placer que se suponía ver su carita frente a él durante las comidas.
Una de sus hijas también escribía:
Se interesaba por todas nuestras ocupaciones y aficiones y compartió nuestra vida como muy pocos padres hacen. Pero estoy segura de que ninguno de nosotros tuvo nunca la sensación de que esta intimidad interfiriese en lo más mínimo con nuestro respeto y obediencia. Todo lo que decía era para nosotros la ley y la verdad absoluta. Ponía todo su empeño en responder a cualquiera de nuestras preguntas. Un ejemplo nimio me hace pensar en lo mucho que le importaba todo lo que a nosotros nos importaba. Los gatos no le gustaban especialmente, pero aun así conocía y recordaba los rasgos individuales de mis muchos gatos, y seguía comentando las costumbres y el carácter de los más destacados años después de que hubieran muerto.
Sigue hablando Francis Darwin:
Como señor de la casa era muy amado y respetado; siempre se dirigió a los criados con educación, utilizando la expresión “sería tan amable” cuando pedía alguna cosa. Casi nunca se enfadaba con sus criados; y viene a demostrar las raras veces que esto sucedía el hecho de que cuando de pequeño oí en una ocasión por casualidad a mi padre regañando enfadado a un criado, me impresionó, me quedé horrorizado y recuerdo subir corriendo las escaleras imbuido por una sensación general de pavor.
Charles Darwin quería aprender de todo experimento que realizaba y por ello los consideraba como algo sagrado. Tenía necesidad, incluso, de tomar notas sobre sus experimentos fracasados. Nunca pasaba por alto las excepciones. Una de las expresiones que su hijo recuerda que repetía era: No estaré tranquilo hasta que lo haya probado. Es más, percibía su trabajo experimental como unas vacaciones (el resto del tiempo estaba enfrascado entre libros) y se consideró a sí mismo perezoso por dedicar mucho tiempo a observar la fertilización de las orquídeas. Incluso en una carta afirmó:Que Dios me perdone por ser tan perezoso; estoy ridículamente interesado en este trabajo.
Despreciaba el amor por el honor y la gloria, y solía culpabilizarse del placer que le proporcionaba el éxito de sus libros. En una de sus cartas a Lyell se muestra la rabia que sentía hacia sí mismo por ser incapaz de reprimir su sensación de frustración ante lo que consideraba la anticipación del señor Wallace a todos sus años de trabajo...
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