La Cruz de los Dolores
Malditas sean las horas que en la noche
mi mente se tornaba a lo divino,
benditas sean las horas en que el vino
exculpaba mis ansias sin reproche.
Maldigo para siempre el cruel derroche
de insensata saliva, que a lo fino,
adoraba al cabrón y al peregrino,
poniéndole a las almas santo broche.
En mi epitafio pondrá con honor:
“Doctorado en heréticas labores
murió descojonado del horror”.
¡Que la vida es un bar! ¡Cendal de flores!
Para sembrar el canto del amor,
hay que enterrar la cruz de los dolores.
No más arrodillarse ante el temor,
¡seguid vuestro camino, pecadores!
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