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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Florence: La enorme duda de Luis de la Barreda Solórzano




La defensa ilustrada en la Europa del siglo XVIII del derecho a un debido proceso fue el origen del movimiento por los derechos humanos. Al ser detenida Florence Cassez no se encontraba en el rancho Las Chinitas como se hizo creer a los televidentes en el montaje en el que los agentes de la AFI entran a rescatar a los secuestrados y a detener a los secuestradores el 9 de diciembre de 2005. Si sólo se tratara del montaje y de la falta de aviso a la representación diplomática francesa, habría violaciones al debido procedimiento, pero éstas, por sí mismas, no pondrían en duda la participación de Florence Cassez en varios delitos de secuestro. El relato de Héctor de Mauleón sobre el caso con base en el examen que hizo del expediente (nexos, julio de 2011) pone de manifiesto un sinnúmero de inconsistencias.

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Las versiones de dos de las víctimas son contradictorias y el testimonio de otra es desmentido por un dictamen pericial. La señora Cristina Ríos dijo en su primer relato que no podría identificar a ninguno de los secuestradores porque nunca les vio la cara ya que estaban siempre encapuchados, ni su tono de voz porque hacían diferentes voces. Su hijo Christian dijo en su primera declaración que nunca vio a ninguno de sus captores porque siempre estuvo cubierto de los ojos. Al tener a la vista a la acusada y escucharla hablar, ninguno de los dos la reconoció físicamente ni por la voz. Hasta dos meses despuésrecordaron a Florence, identificándola en un audio. Christian, a quien se extrajo sangre durante su cautiverio, aseveró que quien lo hizo le decía “aprieta el brazo” con acento de extranjera y sintió su mano femenina, suave y blanca. Pero había asegurado inicialmente que quien lo había hecho era un hombre a quien identificaba entonces como Hilario —al ser liberado lo reconoció como Israel Vallarta— y que durante su secuestro identificó siete voces masculinas —ninguna femenina—, y nunca hizo referencia a la característica más notable de las manos de Florence: están cubiertas de pecas. Ezequiel Elizalde aseveró que reconocía a la acusada a pesar de que estaba vendado y ella tenía el rostro cubierto con un pasamontañas, porque pudo ver un mechón del cabello de la mujer, y que fue ella quien pinchó el dedo meñique de su mano izquierda con una aguja para anestesiárselo antes de cortárselo y mandarlo a su familia. Mostró ante el Ministerio Público la marca de la punción, pero un dictamen médico no objetado indica que esa huella corresponde no a un piquete de aguja, sino que es una petequia: una mancha debida a una efusión interna de sangre.


Israel Vallarta confesó su participación en los secuestros. Al momento de declarar presentaba equimosis múltiples, los genitales hinchados y quemaduras causadas —de acuerdo con la CNDH— por objeto transmisor de corriente eléctrica, no obstante lo cual aseguró que Florence Cassez “no estaba enterada de las personas que tenía secuestradas dentro de mi casa”.
El testigo Ángel Olmos declaró que ayudaba a Israel Vallarta en tareas del rancho y el 5 de diciembre ingresó a la habitación donde supuestamente estaban los plagiados, pero no vio a nadie privado de su libertad. Su esposa, Alma Delia Morales, manifestó que Ángel daba mantenimiento al rancho, y que el día 5, al ir a buscarlo, vio que “el cuarto no tenía nada”.
Tanto Cristina Ríos como su hijo Christian mintieron en alguna de sus versiones, y eso invalida sus imputaciones. En materia penal rige el principio in dubio, pro reo —en caso de duda debe estarse a lo que más favorezca al acusado—, por lo cual deben considerarse falsas sus imputaciones. No hay ninguna razón para dar crédito a las versiones tardías y negárselo a las iniciales. ¿Y si en un primer momento temieron que señalar a los secuestradores les pudiera ocasionar represalias? No. Christian identificó, desde que fue rescatado, la voz de Israel Vallarta —a quien conocía como Hilario— como la de quien le extrajo sangre. Ese posible temor no fue impedimento para la identificación del secuestrador desde el primer instante.
Florence Cassez lleva seis años presa. Es mucho tiempo, pero únicamente la décima parte de la condena impuesta. La Suprema Corte tiene pendiente la revisión del caso. A mí la crónica de De Mauleón me generó una enorme duda sobre la culpabilidad de la acusada, que hubiese tenido el efecto de que no dudara en eximirla.
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Luis de la Barreda Solórzano. Director del Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad y ex presidente (fundador) de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. Su libro más reciente es La justicia penal en el banquillo.

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